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Anna Tarrés, deportistas éticos y estéticos

Anna Tarrès

Las nadadoras lloran ahora porque la entrenadora las maltrataba. También lloraba Contador porque un bistec le había robado un Tour. Deportistas que se resisten a asumir su rol de comparsas mediáticos, de bufones que desvían la adrenalina de millones de ciudadanos: en la tele y en el estadio se subliman buena parte de las frustraciones colectivas, de ahí que cada vez tengamos más tele.

El fútbol se salva de la bancarrota (debe más de 750 millones a Hacienda) gracias a lo que las cadenas pagan a los clubes, y algo parecido pasa con olimpiadas, campeonatos del mundo y demás. Lo dijo el anterior ministro de cultura: “el fútbol es de interés general”, y ahora el gobierno del PP. Por supuesto mucho más que la educación o la sanidad. El deporte televisado es tan sistémico como la banca. Y a los ciclistas o nadadoras les toca sonreir ante las cámaras cuando ganan.

A los espectadores solo nos interesa el discurso del triunfo: ya saben, el sacrificio, el heroísmo, los valores. No queremos saber de la trastienda, donde se cocinan maltratos, vejaciones, abusos, sustancias prohibidas y dopajes: todo vale, a condición de que no nos lo cuenten.
El deportista modelo de virtudes, la única referencia que se salva de la quema donde arden políticos y banqueros, debe aparecer puro e inmaculado, dispuesto a sesiones fotográficas donde no quede resto de la rutina diaria (entrenar, entrenar, entrenar) ni asome el látigo del entrenador.

Deportistas guapos y glamurosos, como antes los generales eran fuertes y machotes. Detrás, apartados, prohibidos, quedan los heridos.

Foto: Sergio López. Sur.es

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