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Antonio Canales: mano a mano

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Mano a mano. Antonio Canales y Amador Rojas
Trui Teatre, 4 de febrero

Flamenco de autor
Un juego o una picardía: ambigüedad calculada, guiño a sus fans parecido al el de anunciar esta gira como su despedida antes, quizás, de dirigir el Ballet Nacional. Llega el maestro oficiando de tal, acompañado del discípulo sin que el mano a mano suponga un reto sino una fórmula, sabia y eficaz, de aunar recursos complementarios. Menos público del esperado, aunque fiel y entusiasta, que despidió al ídolo en pie y aplaudió con ganas sus contadas intervenciones. Canales (“49 tacazos”) es un joven de espíritu que ha aprendido a administrar su cuerpo. Dosifica no solo su tiempo sino sus movimientos. Más sobrio que nunca, su embrujo se centra en los pies y deja brazos y manos para cerrar la faena más algún que otro amago genial que enardece a los espectadores. Taconeo, zapateado: intensa lección de un flamenco depurado y minimalista, que apenas se acompaña de algunos chasquidos y palmadas. Flamenco escultórico que obvia la vivencia racial para bucear en una casi meditación oriental. Hacia dentro. Y los músicos (blanco sobre el negro de los dos bailaores) acompañando. Más ritmo que melodía. Percusión como banda sonora sobre la que se dibuja y perfila la figura del mito. Por su parte, Amador Rojas es el tormento, la fiebre, el derroche. Cambia de vestuario y de peinado como hacen las vedettes, con la misma pasión pero con mayor carga eléctrica. Se retuerce y se proyecta con la misma mística con que desnuda su torso, camino de la apoteosis final. Su flamenco es heterodoxo. Sensual y con caderas. Insinuante y sofisticado, siempre elegante y con algunos gestos (estos golpes en los muslos o en el pecho) que recuerdan al gran Canales. No hubo bis pero tampoco reclamos. El público, respetuoso, aceptó con gusto las normas del juego, que no reto.

Artículo publicado en Ultima Hora (06-02-11)

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