en tiempospos(t)modernos

Barrio

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No existen las ciudades, sino los barrios. Excepto taxistas y algún que otro caso similar, nuestra experiencia urbana se reduce a unas cuantas rutas y zonas. Y eso que vivo en una miniciudad. Dígame usted si viviese en Tokyo, junto a otros 35 millones de personas de su área metropolitana.
La ciudad es una entelequia, una realidad administrativa. Pero también un paisaje kafkiano que ocupa una ínfima parte de nuestra vida cotidiana, diluida en el anonimato.

El desarraigo que esto produce se evita en ocasiones gracias a los barrios, entidades vivas que conservan señas de identidad casi de forma milagrosa. No hay elecciones ni normativas que regulen su apariencia ni su interacción social, de ahí que cada barrio dependa de la personalidad de agentes imprevistos.

El carácter del barrio (aquellos que todavía lo mantienen o han sabido recuperarlo) tiene que ver con la química de la gente y el urbanismo: no todas las etnias y edades encajan igual. Con la densidad y distribución de espacios públicos: no todos los jardines y parques son igual de seguros o acogedores. Con la fluidez del tráfico: no es lo mismo dormir cerca de un semáforo incapaz de regular atascos que en una calle peatonal. Con las tiendas y los bares, y especialmente con el carácter de sus responsables: no todos los comerciantes son igual de pacientes y profesionales.

En mi caso, más que vivir en Palma (¿hay otra ciudad en España con este nombre que obligue a especificar el apellido “de Mallorca”?) tengo la impresión de vivir en el barrio donde está el bar de Mateo y Miguel.

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