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Berlusconi y las siete enanitas

Berlusconi
Es primer ministro por sufragio universal, y media Italia le vota. Los escándalos sexuales y financieros (inducción a la prostitución, sobornos) refuerza su aureola de político corrupto que seduce a sus fans y provoca la admiración de millones de ciudadanos hartos del Estado y las leyes: Silvio es su héroe, el tipo que ha sabido burlarse de la Administración en su propio terreno.
Y encima es un hombre de derechas: un católico que recibe la bendición del Papa y saca el látigo para fustigar a inmigrantes con o sin papeles que amenazan destruir la identidad occidental tan reivindicada por Oriana Fallacci (“Pensar ilusamente que existe un islam bueno y un islam malo, es decir darse cuenta de que existe sólo un islam, que todo islam es una charca y que a este paso terminamos todos ahogados en esa charca, va contra la Razón. No defender el propio territorio, la propia casa, los propios hijos, la propia dignidad, la propia esencia va contra la Razón.”).
Millonario, autoritario, famoso, y además un don juan. Un motivo más de veneración: el macho que ha vencido los límites de la edad (para Peret, otro viejo en forma, las chicas de 20 años son “demasiado mayores para mí”) y sigue ejerciendo de dominador. Más mujeres, que puedo con todas. Potencia sexual como respuesta contundente a la humillación que supone el feminismo en expansión para tantos varones domados: venganza con una sonrisa olímpica en los labios y una expresión desafiante de impunidad.
¿Cómo extrañarse, ahora que la Fiscalía de Milán ha levantado la veda, de las historias protagonizadas por este semental narcisista, a golpe de talonario? Orgías propias de un adicto enfermo. Por ejemplo, que mantuvo relaciones sexuales con siete prostitutas en turnos de cinco minutos a 5.000 euros cada una de las chicas.
Eso sí, mientras estaba felizmente casado por la Iglesia con una mujer respetable, madre de sus hijos. Y no como hacen los jeques árabes, que se montan un harén.

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