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Blackberrys

Distingues a lo lejos si alguien está usando un móvil o una Blackberry por la frecuencia con que consulta el aparato.
He escrito móvil o Blackberry como si se tratasen de dos categorías o fuesen dispositivos distintos, porque en la práctica es así. Prueben ustedes de devolver al usuario de una Blackberry a la rutina de un terminal estándar, por muy de última generación que se trate.
Al blackberryano (que además siempre es un blackberrysta) no le importa la pantalla AMOLED ni la cámara de 8 megapíxels porque su simbiosis con su Blackberry (imposible evitar la redundancia) tiene que ver con algo más biológico: se trata de una extensión de su propio cuerpo.
Es su vista, su oído, su antena. En ella viven sus amigos en tiempo real y su ritmo de actualizaciones late con la precisión de su propio corazón. Correos, mensajes, redes: este es el motor que conduce la vida social de su propietario, de forma que nunca le deja solo ni prorroga su necesidad de estar comunicado.

Por eso la desconexión de estos últimos días ha resultado una catástrofe: de repente, los usuarios descubren que las Blackberrys son mortales, que pueden fallar en aquello para lo que se habían vuelto insustituibles: se revela entonces la insoportable levedad de nuestra existencia.
La semana negra ha acabado con amenazas de los blackberryanos, dispuestos a no sufrir un castigo como este: ponte las pilas, Crackberry, o me voy con WhatsApp a otra marca aunque sea renunciando a mis señas de identidad móvil.

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