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Boquetes de angustia

No te han violado cuando eras un niño ni se ha muerto tu hermano pequeño. No has vivido los horrores de una guerra, incluso puedes recordar y contar muchos episodios felices de tu infancia. Sin embargo hay un hueco en tu estructura personal por el que se cuela un sufrimiento sin nombre. Permanente, aunque la mayoría del tiempo es imperceptible. Como si tuvieses en tu interior una tubería con el grifo normalmente cerrado. No gotea pero está ahí.
A veces se activa en forma de agujero negro. Un pozo sin fondo al que te asomas y por el que te pierdes. Te pasa a ti desde hace tanto, y le pasa a tanta gente. No lo cuentan, quizás ni siquiera llegan a saberlo, pero los ves cómo se emborrachan o se enferman o se pelean. Tapan la herida y no quieren saber más. Tenía una amiga que evitaba cualquier lectura que acabase mal o le provocase inquietud, una de tantas estrategias para ahuyentar los fantasmas.
También es cierto que es desagradable estar con alguien que llora y se queja. Estos cenizos, estos pesados. No hay espacio para tales negativismos en una sociedad de colorines plagada de fiestas y chistes y drogas. La alegría vende más, aunque sea falsa. Y a lo mejor si es falsa todavía vende más: el placer de que nos engañen, de dejarnos engañar.
“La tristeza no tendrá fin” escribió Van Gogh, y quizás en su caso esta experiencia que tantos compartimos fue literalmente cierta. A nosotros nos queda evitar esta trampa, aprender a convivir con este defecto de fábrica y aspirar a un desenlace distinto. Hablarnos a nosotros con cariño y decirnos: “no te preocupes, no te asustes, pasará, todo pasa”. Cantarnos esta canción de cuna para mecer el duelo.

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