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Crepuscular

Sigue vigente el código según el cual abrir la puerta a una dama es un signo de buen gusto. De caballerosidad. Lo mismo ceder un asiento o arrimar la silla a la mesa. Y si fuésemos sinceros a la hora de respondernos a nosotros mismos, la lista de gestos sería larguísima. El rol de macho atento y galante no ha caducado. Tampoco el de mujer fan (ahí están las novias de los grandes tenistas, todas ellas guapas y aplaudiendo de pista en pista) que no solo agradece tales muestras de cortesía sino que las devuelve en forma de entrega y disponibilidad. Al hombre le sigue gustando ser héroe y protagonista, y a la mujer le toca escuchar, admirar y en según qué casos consolar a su ídolo. Herederas al fin y al cabo del rol de aquella mamá insustituible, las mujeres nunca alcanzan la aprobación definitiva que supondría destronar a la madre: a las nueras no les queda otra que aplacar el reinado de las suegras a base de buena conducta y mucha mano izquierda. Pero en ocasiones no basta. Y es que el hombre es muy suyo; educado en la convicción egocéntrica de que es el más guapo, más listo y más fuerte del barrio, del cole y del mundo, de vez en cuando sufre arrebatos de frustración. De rabia, que descarga en la novia de turno: de ahí que esta deba ejercer de enfermera de urgencias, si es que un ataque de violencia doméstica no se la lleva por delante. De reina romántica a víctima mortal, dos caras de la misma moneda. Y encima nos vienen con películas que refuerzan el esquema de la dependencia. No veo ningún amanecer en la relación entre los dos sexos.

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