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Derrumbe de la economía, nos quedamos sin discurso

ballena-de-artista
La postmodernidad como el fin de los grandes relatos. Adiós a la iglesia, el Estado, la familia nuclear, los valores de esfuerzo y obediencia, la fidelidad empresarial. Dios murió sin nombrar heredero o sustituto y desde que Nietzsche informó de la desaparición, vivimos huérfanos de trascendencia. Después de Dios murió el marxismo, se derrumbó la Unión Soviética y nos quedamos sin alternativas a un pensamiento único hecho de triunfalismo económico: deslocalización y globalización.

“Es la economía, estúpido” es desde entonces el último asidero, la referencia que nos salva del caos decadente en que se hunden políticos y líderes. Sin los grandes relatos de la modernidad (el progreso ilimitado, la justicia universal y demás tópicos instituidos por las revoluciones burguesas), la economía se ha convertido en el mito de la postmodernidad.
Administración de empresas, masters, expertos, asesores, fondos de inversión, agencias calificadoras… Toda una capa, cada vez más opaca y extensa, de estadísticas y previsiones que hace 5 años se vinieron abajo.¿Cómo no vieron estos sumos sacerdotes que Bernard Madof, todo un expresidente de Nasdaq, gestionaba una inmensa y simple estafa piramidal que abrió un agujero negro de 50.000 millones de dólares? Tampoco este ejército de sacerdotes y gurús intuyó ni evitó la quiebra de Lehamn Brothers (600.000 millones de dólares de capital pasivo) ¿Dónde estaban en 2007 los doctores en economía cuando se declaró el tsunami financiero?

Hoy empezamos a sospechar que, como sucediese con tantas instituciones anteriores (la monarquía, la iglesia, los aparatos de los partidos…) también el discurso económico tiene mucho de impostura. Una estafa intelectual revestida de academicismo cientifista, que esconde y finalmente bendice o justifica el mayor asalto a los derechos ciudadanos de la historia. Para los interesados en el tema, dos lecturas recomendadas: Posteconomía de Antonio Baños y En deuda de David Graeber.

Nos quedamos pues sin el ¿único? relato que sostenía la postmodernidad. Adiós a las seguridades económicas, a la fe en banqueros, financieros e inversores.
Vivir a salto de mata en permanente estado impotente y difuso de indignación, sin agentes capaces de orientarla en una dirección consistente. Cotidianeidad precaria sostenida en un hiperindividualismo que encuentra alivio virtual en las redes o vivencial en macrofiestas y estadios de fútbol, asomados a pantallas desde las que divisamos una seductora vida low cost. La vida como espectáculo, flotando sin discurso. Robados en el escándalo de las preferentes y con cara de tontos.

La ilustración procede de Que na’más vaya uno: “Las finanzas del mundo están hoy, y busco una analogí­a que me puedan traer los recuerdos de mi infancia, quizás, como la ballena de Pinocho: que a la hora que quiere tragarse los mercados financieros internacionales, se los zambute y a la hora que se asquea de ellos, los bota a la mierda por su respiradero

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