en más o menos

Desotoño

otoño
Chirimoyas, castañas, caquis, membrillos. Y las bayas silvestres: endrina, zarzamora.
Naturaleza cercana un tiempo, hoy en camino del escaparate de delicatessen. Frutos gruesos y coloridos que se resisten a dejar las sinfonías del verano, frutas generosas que sin embargo han cedido en nuestro imaginario al reinado de melocotones, sandías, uvas o ciruelas.

Hoy los papás celebran como un éxito que sus hijitos se coman de vez en cuando algún plátano o media manzana, referencias de una vida sin estaciones, plana. Vamos en masa hacia la globalización de la vida cotidiana, por las buenas (imaginario peliculero de las series televisivas y la publicidad) o por las malas (aire acondicionado y demás tecnologías), y las estaciones están en el punto de mira. Pasarán de ser una realidad circular que contextualiza(ba) nuestro cuerpo y sus biorritmos a un exotismo siempre al alcance de nuestro capricho: comer turrón en verano. Exquisiteces homologadas por la nouvelle cuisine de moda: tú puedes permitírtelo, atrévete. Eso sí, pagaremos el plus de la artificialidad.

Tanto, que aquellas bayas que hace dos generaciones colgaban del arbusto en los caminos, pronto se ofrecerán envueltas en plástico y con fecha de caducidad en una bandeja de la sección más sofisticada del supermercado. Seguramente la investigación genética habrá conseguido modificar las características más rebeldes de cada fruta, y podremos degustar membrillos sin aspereza y caquis que no ensucian las comisuras de los labios. Sin rastro de las estaciones.
¿Y el campo? Será una bella foto que presida la cabecera de la cama.

Imagen: Cecilia Gilabert

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