en tiempospos(t)modernos

Dietas, meditaciones y otros milagros

steve-jobs
Steve Jobs fue un niño malcriado que tuvo la fortuna (¿o no?) de ser hijo único de unos padres adoptivos con sentido común que se volcaron en su educación. Su adolescencia, además, coincidió con el boom de la electrónica (que él tocó con las manos: su familia vivía en la zona más activa y creativa de esta nueva industria). Todavía más: creció con la revolución juvenil del rock, el pop, las Universidades, la liberación sexual, los hippies, las drogas y todo lo demás: una ebullición de propuestas y rupturas justo en la cresta del oleaje económico que más seguridades proveía. El futuro era suyo.
De muy jovencito fumó porros y probó todo lo que entonces circulaba con libertad. Las drogas como una puerta al conocimiento, entonces no se había impuesto el consumo masivo ni se palpaba la crisis que desde los 80 y 90 han arrasado la salud y el equilibrio emocional de millones de consumidores deprimidos. Jobs es anterior a los botellones, los after o las drogas de diseño: su relación con las drogas estaba asociada a los chamanes. A los viajes iniciáticos.
Rebelde con recursos, genial y ambicioso, con un ego incapaz de negociar con la realidad, también su relación con la alimentación remite a aquellos días eufóricos de experimentación. Muy pronto dejó de comer carne, y sus ayunos eran largos y frecuentes. Practicaba la meditación y suprimía de su dieta todos aquellos alimentos y sustancias que pudiesen interferir en este estado de gracia que es lucidez y levitación.
Visto desde el punto de vista del ganador, tal estilo de vida puede considerarse motor y sostén de una obra histórica que ha revolucionado para siempre la historia de la informática (más simple e intuitiva pero también cargada de sobria elegancia) Gracias a este sistema alternativo que introduce en el ritmo y aspiraciones del hombre occidental (activo, transformador del medio) el planteamiento vital del hombre oriental (místico, transformador de su propio interior): el zen llevado a la tecnología.
Visto desde el punto de vista más humano, no sé. Morir de cáncer a los 56 años no es precisamente un indicador de equilibrio, de salud, de sabiduría. Y no importa caer en la ortodoxia de cuantos han dictaminado que no le mató el cáncer sino la dieta anti-cáncer que se empeñó en llevar a cabo como alternativa, para considerar su apuesta como un fracaso.
Es imposible saberlo. En realidad sabemos muy poco de las causas. De la etiología de muchas dolencias: por qué atacan a unos y a otros no, compartiendo hábitos y entorno. Por qué unos se curan y otros no. Por qué tanto hijo de puta arrastra su mala vida de maltratos y excesos hasta los 90 años y más.
Sabemos muy poco de los milagros.

deja tu comentario

Comentario