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El capitalismo es eso, justamente

capitalismo

Recién empezamos a vislumbrarlo: el sistema capitalista actual (el de los mercados, las agencias de calificación, este neoliberalismo financiero globalizado que mueve miles de millones a velocidad vertiginosa) nos hará más pobres.
Paro, trabajo precario, deslocalización, recortes sociales… signos de una tendencia que se va extendiendo de forma irreversible con cada vez menos oposición.

Los políticos, desconcertados. Los ciudadanos, más desconcertados aún.
Pero el capital siempre ha sido así: se debe a los accionistas, a los inversores. El capital no tiene otro objetivo que generar plusvalías.
Y ahora sufrimos los efectos naturales de esta lógica, con la sorpresa de quien no había caído en la cuenta. Nos despertamos del sueño.

La explotación capitalista (orientada en el siglo XIX hacia|contra las colonias de África y Asia, y los obreros del primer mundo) fue limitada progresivamente por los distintos movimientos reivindicativos de aquí (sindicatos, internacional socialista, anarquismo…) y allá (descolonización)
El siglo XX generó además un bloque comunista, el imperio soviético, que durante 70 años funcionó como contrapunto, proveedor de un imaginario igualitarista, reforzado en Occidente tras la II Guerra Mundial por la asunción del keynesianismo y el modelo del Estado del Bienestar.

Todo esto empezó a caer (no solo simbólicamente) con el derrumbe del muro de Berlín.
Desde los 80, el capitalismo se ha ido rearmando para crecer en un nuevo escenario sin enemigos. Reagan y Thatcher empujaron la desregulación de los mercados financieros, y desde entonces su dictadura no ha dejado de crecer.
Hoy no hay alternativa. Ni la Iglesia de los pobres ni los sindicatos ni los partidos obreros tienen capacidad de movilización ni autoridad suficientes.

Tras un largo paréntesis, el gran capital recupera el entusiasmo expansivo del siglo XIX

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