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El IRPF que Rajoy no quería subir

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Las clases medias pagarán la travesía del desierto, un viaje al que nadie se atreve a ponerle fecha de finalización.
Rajoy había repetido hasta hace nada que subir los impuestos era una “puntilla a las familias”, por cuanto “significa más paro, más recesión”.
Etcétera. Ya saben: la responsabilidad de gobernar, el realismo de los números, las cuentas heredadas no cuadran.
O sea que a tirar de la clase media para continuar la fuga hacia adelante. Por lo visto, las clases altas no pueden arrimar demasiado el hombro porque se desmotivan fácilmente cuando las aprietan y habría peligro de que deslocalizasen todavía más sus capitales. Y a las clases bajas, ni tocarlas. No por humanidad demócrata ni por caridad cristiana sino porque apenas queda donde rascar en una población que reparte sus días entre el paro, los trabajos fugaces y los minijobs.

Para eso ha arrasado el PP: para coger el relevo en la sangría que practicaba el PSOE de ZP. Alternancia le llaman, y todavía les quedan energías para no renovar sus equipos (Rubalcaba contra Chacón, ¿de qué me suenan estos nombres?) o saludar al Rey vestido de chaqué como hizo Rajoy tras una semana sin aparecer ante los millones de españoles que le habían votado.
A los políticos con cargo se les ve contentos e ilusionados (ahí está José María Rodríguez, el político que avisó al alcalde de Andratx de su inmediata detención, con ideas nuevas sobre la vigilancia policial de la corrupción), seguramente porque el país todavía dispone de una masa crítica de ciudadanos de clase media que todavía puede financiar el viaje a ninguna parte.
Y cuando esté al borde de la desaparición, estos políticos ya se habrán jubilado.

Imagen: Euribor

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