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El PSOE que no quería gobernar

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Viendo Atenas en llamas, se entiende que pocos políticos se animen a gobernar si no es con el encargo del FMI, el BCE y la UE, como ha pasado de forma explícita en Italia y Grecia y por lo bajín en una Europa cada vez más intervenida.
Las deudas y los bonos suben y bajan sin que nadie se atreva a pronosticar hasta cuándo y hasta cuánto: el vendaval neoliberal ha llegado para arrasar.

Y la gente en la calle se moviliza sin que nadie sepa tampoco en qué dirección o con qué estrategias: los movimientos indignados no reconocen líder ni interlocución. En medio, los sindicatos protestan ante las cámaras y los partidos se atrincheran en sus bunkers.
Rubalcaba y Elena Valenciano perdieron más de cuatro millones de votos pero desde entonces se les ve más contentos y relajados, sobre todo desde que han ganado las primarias. Los delegados eligieron la opción perdedora para ganar tiempo a la crisis, y al nuevo viejo líder del PSOE se le ve encantado, más seductor y bromista que nunca, desde que sabe que va a estar en la oposición al menos dos legislaturas, las que le conducen a la jubilación.

En estos momentos, un escaño alejado de la decisión de recortar es un seguro de vida. La derecha gobierna porque su vocación de mando y ordeno le empuja a ello, pero la izquierda desde que arden las calles prefiere opositar desde la cordura. A la derecha no le tiemblan las tijeras, un espectáculo que contempla embobada la izquierda mientras se aferra a la prórroga.

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