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El Zapatero que muchos llevamos dentro

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Comparen esta figura envarada con la de Cameron. O mejor con las tabletas de su predecesor, esos abdominales de Aznar que son toda una declaración de principios autoritarios, un señor sobrado.
Pero en Zapatero (el famoso talante) todo es buenismo. Ganas de. Ahí le vemos esforzándose por correr sin importarle hacer el ridículo, contento de formar parte de un evento mundial (la carrerita fue una pausa en una reunión del G-20). Sin gracia ni carisma pero con el mejor y más ingenuo de los voluntarismos.
Es fácil criticar a ZP, el líder que tuvo la mejor suerte del mundo (salió elegido candidato del PSOE de rebote y ganó aquellas elecciones por la pésima gestión que hizo el PP del 11M) y la peor (la recesión y el paro han dejado bajo cero su valoración política). A merced de las circunstancias, aupado por las casualidades, sin embargo él creyó en su misión.
Dame una palanca y moveré el mundo. Que nos den el poder que a él le llegó casi regalado y a ver qué hacemos.
A muchos de nosotros nos pasaría lo mismo. Nos emborracharíamos. ¿Acaso no sabemos cómo arreglar el mundo y hacer que gane nuestro equipo de fútbol? Que nos halaguen, que nos viajen, que nos dén capacidad de decidir y ejecutar.
Ahí está una obra casi visionaria (matrimonios gays, chequé bebé, ayuda a la dependencia, alianza de las civilizaciones…) que ningún socialista hoy se atreve a reivindicar: la realidad ha arrasado con unas realizaciones que a la mayoría les produce casi vergüenza.
Todos llevamos un Zapatero dentro, dispuesto a mejorar el mundo haciendo caso a una voz interior que es mezcla de ingenuidad y protagonismo. A veces los idealistas son los más peligrosos enemigos de la humanidad.

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