en más o menos

Famosos

He visto finalmente la película Hilary y Jackie (1998). No me gustan las películas sobre músicos (compositores o intérpretes, tanto da) porque suelen presentarlos desde la mixtificación propia de la incultura. No recuerdo una sola película en torno al tema que no caiga en esta misma tentación: oh, los músicos. Como si no comiesen ni buscasen trabajo ni se aburriesen. De hecho, conozco bastantes personas dedicadas profesionalmente a la música que llevan una vida de lo más normalita. En algunos casos, casi tan rutinaria como la de un funcionario burócrata.

No me interesó especialmente el componente morboso de la biografía de Jacqueline du Pré (si fue ella quien obligó a la hermana a que le cediera el marido como asegura la biografía escrita por los dos hermanos, o fue el cuñado quien se aprovechó de una mala época de la concertista para seducirla, como afirman los hijos de aquel). Se agradece la discreción con que se refiere el film a los muchos años de decadencia física de du Pré (desde los 28 en que tuvo que retirarse por la aparición de la esclerosis múltiple hasta los 42 en que murió), 14 años de calvario.

Pero me atrajeron dos aspectos:
1. ¿Cómo puede desarrollarse una problemática familiar tan enfermiza en un entorno estructurado, gestionado por unos padres atentos y responsables? ¿Dónde habitarían y cuán poderosos serían los fantasmas del padre o la madre, que ni Jacqueline ni Hilary pudieron evitar que las arrollasen?
2. El peaje de la fama. Sin caer en el tremendismo de esta y otras películas (la fama como una maldición), siempre que veo un partido de tenis en que juegan Nadal o Federer me compadezco de sus novias. Me parece un destino triste y alienante seguir al ídolo en calidad de fan privilegiado por cuanto esta devoción en la práctica debe de tener mucho de obligatorio. Lo han elegido, es cierto, pero igualmente me resulta descorazonador imaginar una vida cotidiana propia inexistente regalada a otro. Parasitarismo que se extiende a la familia: el clan Nadal al completo ocupando su palco para animar a Rafael. Y pienso que la única persona que puede desactivar este tipo de vampirismo psicológico es el propio famoso. Inconcientemente (porque sea discreto o tímido y rehúya de forma natural cualquier protagonismo fuera de los medios) o concientemente (porque se lo proponga, buscando por ejemplo espacios de convivencia en los que el resto de amigos o familiares recuperen su protagonismo)

deja tu comentario

Comentario

  • Contenido relacionado por Etiqueta