en tiempospos(t)modernos

Frikilandia

Una conocida me cuenta que practica esgrima japonesa. Y me habla de los encuentros, de los locales, de los viajes para asistir a exhibiciones, de los materiales que usan.
Un amigo chelista me cuenta que se ha comprado un arco de 6.000 euros. Y se explaya en calidades de maderas, en jerarquías de louthiers, en el mercado de compraventa de chelos, en los congresos a los que ha asistido.
Otro me habla de sus progresos en footing. Los últimos maratones a los que ha asistido (Europa, América…), los tiempos, la pandilla con la que entrena y comparte datos y proyectos.
Como estos, cuántos más. Aficionados a un hobby al que dedican tiempo y dinero hasta convertirlo en eje vital, centro de su realización personal y social gracias a que existe una oferta cada vez mayor de actividades y complementos. Basta entrar en una gran superficie orientada al deporte como Decathlon para comprobar la variedad y sofisticación de la oferta de todo tipo de adminículos, y sobre todo la intensa demanda (y no solo de gente joven) que genera.
Hoy se dan frikis de todo porque la industria diversifica la producción hasta individualizarla: cualquier afición cuenta con un soporte generoso que se adapta a nuestras necesidades y posibilidades: objetos, materiales, instrumentos, locales, enseñanza, circuitos de viaje, encuentros, competiciones, publicaciones.
En consecuencia, no hay nadie raro. Expresión humana de la democracia radical impuesta por el consumismo: todos los compradores son respetables, y la industria acepta con gozo este entusiasmo por la autorrealización. Por muy friki que pueda parecer.

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