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Futbolistas maricones

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El fútbol es uno de los últimos bastiones homologados del machismo. No puede acusársele de fundamentalismo, ni siquiera de sexismo (existe el fútbol femenino, federado y todo; y hay mujeres en estadios, peñas y bares siguiendo apasionadamente los partidos) Pero el fútbol “de verdad” es vivencia y erudición masculinas.

De ahí que sea impenetrable al discurso de la normalización homosexual. Lo mismo que en el Ejército o la Iglesia, este mundo masculino tiene licencias para la complicidad, justificada por la adrenalina (orgiástica cuando finalmente llega el gol) que comparten jugadores con su público: se tocan, se besan, se abrazan, se tumban uno en los brazos del otro sobre el césped. Repertorio legitimado, ritual atávico de una época donde los machos tenían permiso acotado para transgredir las reglas que ellos mismos se encargaban de imponer: un privilegio puntual que en nada cuestionaba la rigidez de los valores dominantes, del modelo único.

La homosexualidad masculina simplemente no existía. Se la ignoraba, estaba más que prohibida.
Y así está el fútbol, negado igualmente a admitirlo. ¿Qué pasaría, si fuese posible, con las duchas, las celebraciones en el vestuario tras una victoria…? Imposible. No saben, no contestan, ajenos al mundo, a la realidad. Guerreros de un mundo asexuado y apolítico, los futbolistas personifican la trascendencia que ni militares ni sacerdotes ya representan.

Por eso no puede haber futbolistas homosexuales. “Se ha dicho que eran homosexuales Urzaiz, Julio Salinas, Xisco y muchos otros, pero hasta que un jugador lo confiese, no se le puede dar credibilidad. Sólo son rumores”. Ninguno lo es oficialmente: no hay. Y si hubiese, serían sin duda maricones (“Guti, maricón” gritaban al jugador madridista para insultarle). Traidores a la religión machista.

Bueno, hubo una excepción… ¡¡¡hace casi 20 años!!! El ex futbolista inglés del Nottingham Justin Fashanu ha sido el único jugador de élite que declaró su homosexualidad, en 1990, y conmocionó al Reino Unido. En 1998 se suicidó con 37 años por la presión mediática y tras ser acusado de abuso sexual.

Entrevistado en el diario Levante (febrero 2009), el entrenador del Valencia Unai Emery se refería al secretismo que blinda tal realidad: “Creo que he tenido compañeros gays y nunca me lo han dicho. Saberlo genera más morbo que otra cosa. Si un jugador me lo dijera, estaría encantado. Creo que controlo quién lo es, por indicios o demás. Creo que algunos de los que hablan de que ligan mucho, lo son y hablan así como protección”.

¿Contra quién?

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