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Hannah Arendt no era guapa

Hannah Arendt

El lobby judío que controla Hollywood (lista de actores y directores judíos) y en general la industria cultural norteamericana no es una fábrica de sueños neutral.

Hannah Arendt, todo un reto para encajarla en el imaginario cinematográfico: disidente del oficialismo sionista con su apuesta por una Palestina inclusiva basada en el respeto entre judíos y árabes.

No se atrevió Hollywood y cuando lo ha hecho Margarethe von Trotta en 2012, la distancia cronológica (Arendt murió en 1975) y cultural (el cine alemán no es el norteamericano) no han sido suficientes para salvar la cirugía estética que exige el celuloide. A cambio de ver en la gran pantalla un episodio tan polémico como fue su crónica desapasionada del juicio contra Eichmann publicada en la prensa, tenemos que contemplar a la pensadora travestida de star system: guapa, rubia, elegante.

El cine supera el prejuicio étnico, ideológico, moral. Asume la biografía de revolucionarios domesticando su iconografía. En vez de confrontarnos con las profundidades de Los orígenes del totalitarismo o la paradoja de la banalidad del mal, nos acerca a una adolescente medio enamorada de su profesor Heidegger y a una profesional escindida entre sus convicciones y la lealtad al grupo.
Hollywood no solo ha impuesto una visión basada en un ADN mixto (WASP-judío) y los valores del individualismo del capitalismo liberal. La ha envuelto en un formato donde la belleza y la juventud son ley. Hannah Arendt puede filtrarse en el escaparate cinematográfico a pesar de ser feminista, judía, filósofa, incluso compasiva con Adolf Eichmann. Pero no puede ser fea.

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