en tiempospos(t)modernos

House of cards, análisis de la tercera temporada

Vale, se acabaron las conspiraciones. Francis ya es presidente. En realidad, empieza otra historia, otra serie. Desaparecen muchos personajes principales (Peter Russo, Linda, Janine, Garrett, Tom Hammerschmidt, Raymond Tusk…) y otros se reinventan como Doug, cambia el escenario.
House-of-Cards
Me ha gustado esta tercera temporada estrenada el viernes pasado en EEUU y al día siguiente en España (Canal+). Gracias a Netflix hemos podido verla como espectadores adultos del siglo XXI, escogiendo tiempo y tamaño de consumo. Muchos escogieron el formato binge watching para devorar la serie entera en un atracón durante el fin de semana.
Me ha gustado la renovación de perspectiva. Sin interesarme demasiado el conflicto del Oriente Medio que acerca y enfrenta a Underwood y el presidente ruso (trasunto de un Putin igualmente divorciado y machote aunque más alto, interpretado por uno de los actores protagonistas de la tercera temporada de la danesa Borgen, qué gran serie) ni acabar de convencerme el personaje de Thomas Yates (el “risitas” de Boardwalk Empire), un turbio escritor de best-sellers que introduce en la serie la tópica relación entre literatura/periodismo y política, relación de amor-odio que da más de sí en The Newsroom (¿no se parece la sintonía de House of Cards a la de The Newsroom?).
Me gusta que se haya roto el círculo de la compra-venta mafiosa de información privilegiada de la primera temporada (de las tres, la que sigue más fielmente el guión original de la serie británica de 1990 en que está basada la serie norteamericana, mucho más brillante) y el círculo casi vicioso repartido entre los chinos y el virtual vicepresidente, de todas formas un formidable personaje.
Esta tercera temporada abre ventanas y puertas. Al exterior y al interior. Más y diferentes conflictos. El más interesante por la complejidad del retrato, el que empuja a la pareja Francis-Claire a una confrontación que no estaba apuntada en las dos temporadas anteriores. Me parece también un acierto narrativo la evolución de Doug. Emotiva la relación entre Jackie (uno de mis personajes favoritos) y Remy, una de las pocas historias no atravesadas por el cinismo.
Indagación de los orígenes (este toque pseudopsicoanalítico tan del cine norteamericano), ampliación de la perspectiva.
Por supuesto, crónica de la despiadada lucha política sin rozar el asesinato que abre la segunda temporada (la decisión final de Doug en esta tercera ejemplifica el cambio: la violencia es sobre todo una lucha interna, como la que entabla Claire cada vez con mayor fuerza).
Pero el mayor interés está en la sutil y amplia reflexión sobre la pareja, la familia: este espacio donde chocan libertad y fidelidad. Crecimiento o dependencia. El pacto, difícil o imposible equilibrio. La pareja y/o la familia como refugio, como trampa, como soporte. Jackie, esta heroína militar tocada por la fragilidad, equivocándose de fórmula porque el matrimonio supone una mentira ¿a quién, a qué? Como Claire: no queda sino avanzar hacia no se sabe dónde. En el otro extremo, Doug, solitario atormentado que encuentra la salvación puntual en la familia que había olvidado: el abrazo con su hermano, el momento más emotivo de la temporada.

Sobre el capítulo final: un despropósito de banda sonora. Y una historia que se escapa hacia la sobreactuación. La última escena, por supuesto, redonda.

¿Habrá cuarta temporada? Beau Willimon se ha negado a aclarar el futuro. Con el mismo hermetismo con que se ha guardado en la nevera la historia de la tercera temporada, sin filtraciones.
Nos queda un año de orfandad, no sabemos si definitiva.

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