en tiempospos(t)modernos

House of cards y el sexo

Francis Underwood, presidente demócrata. Dos ejemplos a tiro para incluir en la serie un filón erótico. Bill Clinton y sobre todo Kennedy. Pero ya llevamos tres temporadas y apenas hay sexo.
Claire Underwood
Digamos que Francis y Claire forman una sociedad tan absorta en su ambición de poder que la carrera presidencial se lleva tras de sí la libido de uno y otra. Concentración total en un objetivo: la vicepresidencia y acto seguido la presidencia. Ser el hombre más poderoso del mundo, un rol asumido por la pareja pero encarnado inevitablemente en Francis: solo hay un presidente. Ella, relegada a disgusto a primera dama.
Claire tenía su propio perfil. Empresaria o gestora de asuntos humanitarios internacionales. Y su propio espacio sexual: el que no satisfacía Francis era ocupado por un amante (artista, fotógrafo: esta parte creativa de Claire que excede del perfil político del esposo) al que acaba dejando para volcarse en el proyecto con Francis.
Con el que sin embargo no hay sexo a pesar de compartir mil complicidades. No hay sexo porque la libido se la traga la adrenalina política (la famosa erótica del poder) y porque Francis tiene algo de impotente, una zona oscura de su personalidad que la serie, inteligentemente, mantiene fuera del foco narrativo.
Uno de los pocos escarceos (fugaz, compulsivo, fetichista, pervertido) entre Francis y Claire tiene a Meechum como intermediario: queda insinuada la homosexualidad del futuro presidente, pero todavía más explicitada su sexualidad patológica. Su inhibición.
La escena con Meechum (creo que en la primera temporada) tiene su correlato en la todavía más fugaz entre Francis y el escritor Thomas Yates (recuérdese: antes de triunfar, un gigoló que explica su adicción a las historias como sustituto libidinal) en la tercera. Solo que en esta ocasión no es compartida con Claire, celosa desde un tiempo atrás. Intuye que Thomas es un competidor y por eso lo quiere lejos de la casa, del compartimento privado del Air Force One, de su marido.
Para Claire se ha roto la sociedad cuando descubre que el éxito de la empresa es desigual. Él tiene el poder y ella es una extensión, en ocasiones cuestionada y ninguneada (el beso abusivo de Petrov, la destitución como embajadora)
La petición a Francis de ser poseída brutalmente es una forma desesperada de reclamar al esposo una presencia, una atención, que el tiempo ha ido debilitando en favor de la realización personal de un presidente encantado con su papel. O peor: es un intento de recuperar un esquema tradicional con toda su fuerza (macho agresivo, mujer sumisa), un amago de regresión. Un reto dirigido al esposo; ya que me ignoras (la humillación en las historias de Petrov y la ONU) demuéstrame al menos que eres un macho alfa, que tienes el falo.
Él quiere más de lo mismo (buenísima la escena en que se hunde al saber que no van a nominarle, sentado en el suelo y gimiendo perdido en el Universo), ella quiere más de no sabe qué porque su deseo ha quedado sepultado bajo la figura masculina lanzada al estrellato.
Homosexualidad reprimida de Francis sublimada en una actividad frenética que refuerza y expande su ego de forma despótica. Claire, al final, víctima de un programa que ella también diseñó sin tener presente que todavía vivimos en una sociedad machista, justamente el leitmotiv de su contrincante, Jackie Sharp, a lo largo del proceso de nominación y el argumento que finalmente la enfrenta a Francis.
Jackie se rebela contra su propia historia y rompe con su máscara, con el programa impuesto por el presidente (matrimonio incluido), y su regreso a Remy es una apuesta por la sinceridad: abraza su propio deseo. Es lo que le falta a Claire: esa mirada gélida suya casi hosca, caricatura de sí misma. Con tinte rubio o moreno.

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