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Ibuprofeno y otras drogas

Ibuprofeno
Hace un año, justo en plenas fiestas navideñas, me estaba recuperando de una infección hospitalaria. Lo que debían ser cuatro o cinco días de una simple intervención quirúrgica se alargó un mes largo a causa de este margen de azar que siempre tiene la medicina. Una bacteria de esas que engordan en quirófanos y material médico me eligió como huésped, vaya usted a saber por qué.
En fín, que estaba de lo más fastidiado por un dolor suave pero continuo que me hizo abandonar la lectura, Internet y el buen humor. Curiosamente, el único entretenimiento que soportaba era la televisión.
En la clínica me despidieron con un aviso olímpico: “analgésico cada 8 horas o siempre que te duela”. Y hoy día analgésico es Ibuprofeno, este casi alimento que forma parte de la dieta de tantos millones de personas que no se encuentran del todo bien, incluidos los niños.
Me resistí a tomar Ibuprofeno. Por un cierto prejuicio (más bien, prurito: el dolor es un síntoma de algún desarreglo que el cuerpo tiene que neutralizar para volver a un equilibrio originario… etcétera. Consignas de militancia naturista que intento respetar), también por los efectos secundarios. Te fastidiará el estómago, me avisaban. Toma un protector estomacal. Pero el dolor no era tan fuerte como para medicarme con entusiasmo.
Sin embargo, me tomé uno, otro. Y un tercero y hasta un sexto o séptimo comprimido a lo largo de una semana y media. Y el efecto era fulminante: las molestias físicas remitían y a continuación empezaba a flotar en una sensación psíquica de alivio y bienestar.
Entonces entendí a los drogadictos: este instante mágico en que abandonas el cuerpo y te hundes en un dulce sopor que disuelve preocupaciones y tormentos. Es por eso que las drogas siempre han existido, existen y existirán. Imposible resistir la tentación de un viaje al olvido más reparador. Y aunque suponga un gasto a veces inasumible y un despertar con resaca de orfandad, las drogas (alcohol, coca, tabaco, porro, pastillas, tele, café, sexo, juego…) son tan humanas.

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Comentario

  1. Tengo una droga: el café. No me gusta, pero es un hábito social. ¿Qué tomas? Café. La petición me sale de un modo casi automático. No estoy seguro de a qué soy más adicto, si al café o al azúcar que lleva dentro de cada taza.
    Aunque no es una substancia, confieso que soy adicto al ordenador. A veces pienso, ratón en mano, durante largo rato, cambiando de páginas, en diferentes pestañas. Y de tanto en cuando visito redes sociales como esperando que suceda algo…Una vez me pasó: casada con tres niños, una compañera de escuela que no había visto en 30 años me confesó después de chatear 2 semanas: “No te lo había dicho, pero te quiero y quiero estar contigo”. Le pregunté si era ella realmente quien había escrito aquello, o era una broma de algún intruso. A la mañana siguiente encontré un mensaje en el que decía que “se habían metido en su ordenador”. Siempre me quedará la duda. La próxima vez no le daré una salida, sino que caeré deliberadamente en la provocación aun a sabiendas de que pueda ser una impostura y contestaré: “he esperado este momento toda mi vida, soy tuyo”