en tiempospos(t)modernos

Inconcebible: La princesa prometida, 25 años después

Princesa prometida 25 años después
Hace 20 y algunos años veía con los pequeños de la casa La princesa prometida, grabada (copiada ilegalmente) en una cinta de vídeo VHS. Más de una vez. Y repetíamos aquello de “Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir”.
Dos décadas después he vuelto a ver la película (descargada ahora ilegalmente de Internet y grabada en un CD) con las pequeñas de la casa. Funciona igual. Les gusta como si se estrenase ahora.

Y me pregunto por las razones de esta eterna juventud. Vale, es una historia redonda con pesonajes redondos que dicen frases redondas. “Como gustes”. “Inconcebible”. Y se juntaron para hacer la peli nada menos que el director Rob Reiner (Cuenta conmigo, Cuando Harry encontró a Sally), el músico Mark Knopfler (Dire Straits), o los actores Peter Falk (Colombo), Fred Savage (Aquellos maravillosos años), Billy Cristal y una entonces jovencísima Robin Wright Penn.
La película no fue un éxito comercial pero tenía todos los ingredientes de lo que muy pronto fue, hasta hoy: una película de culto. Pero, ¿cómo un cuento infantil con final feliz se convierte en fetiche cultural?

En realidad La princesa prometida es una perfecta película postmoderna. Una de las primeras. Tan bien disfrazada de leyenda tópica (el gigante, el secuestro de la novia, la pócima, los piratas) que apenas se le nota.
El encanto de la película tiene que ver con su aparente candidez. Una historia naïf donde todo (situaciones, personajes) resulta reconocible, familiar.
Pero este argumento de amor, venganza y magia es un pastiche. Un remix. Una mezcla de ingredientes diversos procedentes de culturas (¿qué pinta un espadachín español en un relato de tinte medieval a lo largo de escarpados acantilados?)

Una parodia, este género que tan bien define la postmodernidad. El simulacro. Basta observar unos minutos cualquier serie televisiva de adolescentes para comprobar la omnipresencia del registro paródico. Una forma de acentuar nuestro escepticismo: saturados de estímulos, desbordados de información, estresados de comunicación, somos todo menos vírgenes emocionales, sociales, intelectuales. Y nuestras conversaciones están cargadas de giros y entonaciones con las que marcamos distancias con lo que sería un discurso natural. Dobles sentidos, histrionismos, imitaciones: el registro paródico se ha incorporado a nuestro repertorio cotidiano, cada vez más cercano al de los diálogos de las series.

Siendo una parodia de las historias de piratas y princesas, la película esconde este carácter. A pesar de explicitar desde el principio la artificialidad narrativa (el abuelo que amenaza con interrumpir la lectura ante las exigencias del nieto), se desarrolla como si fuese un cuento.
Y esta doble naturaleza (identificación con los personajes y sus aventuras por una parte; por otra, conciencia de la ficción, de la impostura) se mantiene viva a lo largo de la película como un milagro, en un sutil y mágico equilibrio.

En fin, que se celebra el primer cuarto de siglo de su estreno (1987) y circula por la red un reportaje fotográfica que muestra el desigual paso del tiempo sobre los actores, reunidos en el New York Film Festival.
Una crueldad también postmoderna: esta pretensión de burlar arrugas y canas.
Me quedo con la juventud de la película, que en tantas cosas me recuerda la genial parodia que es Shrek

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