en tiempospos(t)modernos

Infidelidad y obsolescencia

usar tirarSe nos estropeó la nevera: el congelador dejó de funcionar. A través de un amigo técnico todo terreno conseguimos a un súper especialista en circuitos de refrigeración, que diagnosticó una pérdida de gas. Llenó el circuito de gas nuevo y esperamos unos días. Al cabo de una semana de funcionar otra vez casi normalmente, el congelador recayó como había casi pronosticado y murió para siempre.
Lo interesante de la historia: según el técnico, los circuitos se fabrican hoy día para no poder ser reparados. Son de muy difícil acceso y cualquier pérdida de gas suele ser irreversible.

A eso se le llama obsolescencia programada, una leyenda urbana que no tiene nada de tal. Es una realidad que forma parte de la estrategia industrial con el objetivo de empujar la rueda del consumo (la demanda) y evitar que decaiga la rueda de la fabricación (la oferta): el bucle comprar-tirar-comprar. Todo hoy día tiende a durar menos, e invita a la sustitución antes que a la reparación: cualquier arreglo (encargar la pieza, mano de obra, desplazamiento…) suele salir más caro que comprar un producto nuevo.

Y esta conducta contagia nuestra psicología.
La obsolescencia (las cosas duran poco, y la brevedad de su ciclo de vida ya forma parte de su naturaleza) forma parte del mismo modelo o tendencia que otras realidades como puedan ser el trabajo precario y la economía financiera (hace solo unos años España era un potencia, ¿recuerdas “el milagro español”?, y hoy está a punto de la quiebra)
Hay además una relación entre esta obsolescencia de los objetos o la volatibilidad de los mercados, y la superficialidad (estímulos, estímulos, estímulos) con que nos relacionamos. Comunicaciones fugaces y dispersas como las que triunfan en las redes sociales.

La obsolescencia impide que nos encariñemos con las cosas, víctimas necesarias de nuestro estrés y falta de tiempo, convirtiéndose en una invitación a la infidelidad, esta misma que las modernas empresas estimulan, a la búsqueda de trabajadores adaptables a los rapidísimos cambios de la dinámica comercial. Hoy un empleado fiel está mal visto, entre otras cosas porque las empresas no tienen vocación de perdurabilidad. Cambian de nombre, de propietarios, de estructura, de localización.

La expresión afectiva de esta tendencia postmoderna es la infidelidad amorosa. Nunca como hoy había estado tan disculpada, permitida y fomentada la separación en la pareja. La rutina se muestra como peligro, lo conocido como una trampa: “atrévete a probar, a conocer, a experimentar”.

Como nos pasa con los objetos que compramos, las relaciones nos llegan marcadas con fecha de caducidad.

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