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Introducción a Lacan: El Nombre del Padre

Nombre-del-padre, Función del padre, función del padre simbólico, metáfora paterna… Con estos distintos nombres (modificados a media que evolucionaba su aproximación a esta instancia) Lacan se refiere a una etapa decisiva en la formación psíquica del sujeto, de cuyo desenlace depende su salud psíquica posterior: un cierre en falso de este momento puede acarrear desequilibrios estructurales en su personalidad, hasta llegar a la psicosis. En este sentido, Lacan recuperó la imagen del padre tan importante en la obra de Freud y casi abandonada posteriormente, siendo además el primero en relacionar expresamente la paternidad con los trastornos psicóticos.

La función estructurante Nombre del padre representa la ruptura del niño con la identificación materna y supone el advenimiento del Otro. De un tercero que inscribe en el infante la conciencia de que el deseo materno no acaba en el bebé y por tanto le introduce en el ámbito del principio de realidad. Para Lacan, la función Nombre del padre instaura en el niño la Ley, el Orden, el lenguaje, entendid siempre como una presencia simbólica (no tiene por qué ser ejercida por el padre biológico ni siquiera por una figura masculina: es aquella instancia que rompe el cordón imaginario que une al niño con la madre y le abre las puertas del mundo simbólico)

La teorización de Lacan pudo estar mediatizada por algunos episodios biográficos. Por una parte siempre maldijo la figura del abuelo paterno, un tirano que había pisoteado la personalidad de su hijo: Lacan encontró en su padre una figura débil como consecuencia de este efecto. Por otra, por la culpa que le generó el retraso en poder dar su apellido a la hija que tuvo con Sylvia Bataille.

Quizás hoy quede desfasada la función del Nombre del Padre, basada en una figura históricamente potente por cuanto era el padre quien daba el apellido a la esposa y sobre todo a los hijos y por tanto quien oficiaba el ingreso en el mundo simbólico de la burocracia, de la identidad legal, del nombre familiar. Y aunque hoy la inercia sigue favoreciendo este esquema, la asociación entre figura paterna y ley o lenguaje resulta excesiva.
A pesar de esto, creo que mantiene su vigencia la formulación, al margen de quién y cómo se encarne: existe una función encargada de romper el lazo imaginario que unía al bebé con la madre, y por eso mismo es una metáfora. El Nombre del Padre viene a sustituir el Deseo de la Madre.
De ahí se infieren algunas consecuencias prácticas y clínicas, por ejemplo la importancia de que la madre hable bien del padre, es decir que la transición de una figura a la otra se realice de forma no traumática. Según Lacan, la negación (o forclusión) del Nombre del Padre puede acarrear un trastorno psicótico por cuanto el sujeto es incapaz de encontrar una referencia consistente dentro del mundo simbólico (que es propiamente el reino humano): no puede conectar con la realidad y encuentra ante sí un agujero negro. La metáfora paterna excluida del psiquismo del sujeto regresa en forma de alucinaciones y delirios (en ocasiones relacionados con la temática de la paternidad o la filiación) desde el registro innombrable de lo Real.

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