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Jorge Javier Vázquez psicoanalizado por Lacan

No sé si Juan Carlos Rubio tenía en mente a Lacan cuando convirtió el libro autobiográfico de Jorge Javier en un musical que juega a ser una sesión psicoanalítica. En vez de diván, una butaca blanca, y en vez de Sigmund Freud una terapeuta que J.J. rebautiza como Sigmunda.
Para los que no han visto el espectáculo, la trama puede resumirse así: J.J. acude a terapia abrumado por la angustia y un sueño recurrente que no sabe interpretar en el que un hombre mayor le canta en un francés que no entiende. Tras un largo buceo en los recuerdos de infancia y adolescencia en los que la madre aparece como referencia continuada, el enigma inicial se resuelve al recuperar unos viejos discos del padre fallecido entre los que figura uno de Charles Aznavour y la canción Les comediants que se le aparecían en el sueño.

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Para los que no conozcan la versión de Edipo que elaboró Lacan, este sería un resumen más que simplificado: el niño o la niña se sienten uno con la madre hasta que intuyen o descubren que no satisfacen por completo su deseo porque el padre es el objeto de deseo de la madre. Esta expulsión es elevada por el padre cuando ingresa al niño en el dominio simbólico del lenguaje. Lacan se quejó de la decadencia de la figura paterna en la familia occidental porque esta debilidad dificultaba el desarrollo psicológico del niño o niña, carentes de esta instancia fuerte que justamente padeció el propio Lacan: su padre estaba eclipsado por la figura del abuelo. Lacan llegó a relacionar la psicosis (pérdida del contacto con la realidad) con la ausencia del padre. Hay que entender estas figuras como roles que no tienen por qué coincidir con los personajes previstos: el padre simbólico puede ser asumido por otra figura distinta al padre biológico: lo importante es que se complete el ciclo. El niño o niña tienen que ser separados de la madre por alguien que se los haga ver al tiempo que les introduce en el mundo del lenguaje, de la cultura, de la sociedad. A esta operación Lacan la llama El nombre del Padre porque entonces era el padre quien daba el apellido, quien gestionaba los asuntos mundanos a los que el niño o niña debían asomarse después de desidentificarse con la madre.

Tal cual lo que sucede en el show. J.J. es uno con su madre. Le protege, le prepara los tapers, le cose el botón, le escucha, le entiende, le defiende. Madre fálica por tanto, en el sentido que mantiene en el hijo la ilusión de que ella tiene, es, el falo, cuando en realidad este ni siquiera lo tiene el padre. El falo es el significante de la falta, la falta que es constitutiva de la personalidad. Vivimos en la falta. Madre fálica, omnipresente y omnipotente que él admira y usa como garantía de identidad.
Hasta que se decide a montar un espectáculo, a mostrarse al mundo como artista. Entonces aparece la angustia. Y es justamente la figura del padre quien conseguirá neutralizarla. Le llega a J.J. muchos años después de muerto en forma de sueño indescifrable. Su padre quedó al margen del desarrollo psicológico e intelectual de J.J. Hombre autoritario y plegado a las exigencias de la época, se limitaba a orientar al chico a los estudios convencionales. Aficionado al fútbol y los toros, no pudo acompañar a su hijo en su homosexualidad, aunque la madre, fálica como es, asegure que antes de morir le reveló que estaba al corriente y lo aceptaba con amor y respeto.
El padre ausente al fin se encarna en la figura sustitutoria de Charles Aznavour; a través de una de sus canciones, que el padre escuchaba y conservaba en un disco que la madre (cómo no!) recupera. La canción habla justamente de los comediantes, de esta experiencia vital que J.J. no se atreve a consumar.
El disco, la letra, la voz de Aznavour son encarnaciones simbólicas de la figura del padre, que de esta forma legitima la ambición del hijo, lo anima al salto, le otorga la confianza, la autonomía que la madre nunca podrá transmitirle.

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