en diariodeunprofe

La escuela bipolar

Intento explicar a mi hija pequeña (10 años) el significado de la palabra “contradicción”. Ella escucha mis palabras, hasta que al fin se le ilumina el rostro y exclama: “¡Bipolar!” Un término que ya forma parte del habla coloquial y que en este caso ha funcionado como un atajo eficaz. La tele. El vocabulario hoy se aprende (por inmersión, por supuesto: todo lo que de verdad aprendemos es resultado de una inmersión) en la televisión.
Canales y canales con series para niños, para preadolescentes, para adolescentes. De todos los estilos y colores, aunque coinciden en unos protagonistas infantiles o juveniles que hacen su vida al margen (si no en contra) de padres y profesores. Por no hablar de la publicidad: niños con estatus de consumidores que exigen viajes, ropa o juguetes (todo de marca aunque sea lowcost) a sus familias y satisfacen de forma inmediata sus deseos.
En fin, un escenario que a todos nos resulta conocido y que incluso se ha convertido en tópico. Los niños dictadores.

Pero no nos cuentan el reverso del retrato. En realidad, niños abandonados. La mayoría de los alumnos que tengo en clases de primero de ESO (12-13 años) son niños abandonados, más adelante explicaré por qué.
Vuelvo ahora al adjetivo “bipolar”, una palabra en boga como “dislexia”, “TDAH” o “hiperactivo”. Tuve hace unos años un alumno que no hacía nada en clase y al exigirle que se pusiera las pilas me soltó un “soy hiperactivo, estoy diagnosticado” como justificación de su pasividad.
Las aulas se están transformando lentamente en un escaparate de patologías que funcionan como coartada que tranquiliza la conciencia de padres y profesores, con la firma del médico de turno. Los más pesimistas ven en esta evolución un signo de descomposición, y en cierto sentido no les falta razón. La escuela se desintegra sin hacer ruido, de forma parecida a como la iglesia católica ha pasado de ser una institución omnipresente y omnipotente a funcionar como gerencia de bodas, bautizos y comuniones. El tiempo les ha pasado por delante o por encima y ambas, escuela e iglesia, han quedado, simplemente, desfasadas. Los curas siguen con sus misas y los profesores con sus clases sin que a casi nadie le importe que hayan perdido autoridad y atractivo.

La escuela cumple su función burocrática (expedir títulos a aquellos alumnos que consiguen llegar al final de un ciclo) y cada vez más su función social de guardería. Las familias no tienen tiempo, estabilidad o energía para asumir la educación más conductista de los niños y derivan a la escuela estas que hoy ya son habilidades, por ejemplo seguir una instrucción sin tener que repetirla tres o cuatro veces.
Les pregunté hace unos días a mis alumnos de 13 años (la mitad de ellos con ninguna posibilidad de pasar de curso por la cantidad de suspensos que acumulan) si preferirían estudiar en casa o en el colegio en caso de poder escoger. Todos optaron por el cole. ¿Por qué? Por los amigos. Ninguno habló de aprender, de clases. La escuela como una red social analógica, que satisface la necesidad afectiva que no proporciona la red virtual, sea Tuenti o Whatsapp.

Niños abandonados porque sus padres no tienen la convicción suficiente para prohibirles o negarles ni el tiempo libre para acompañarles en sus estudios. El fracaso escolar, otro tópico enquistado. Las pruebas PISA que actualizan periódicamente esta autopsia están promovidas por la OCDE, una organización económica. ¿Por qué no se encarga la UNESCO? Porque el sistema escolar es bipolar. Por una parte asume los valores de la ilustración y el Estado del Bienestar, desarrollados por ampulosas legislaciones a las que se suma un ejército de pedagogos, conferenciantes, asesores, terapeutas, especialistas, la mayoría de ellos fugitivos del aula y refugiados en despachos o universidades. Por otra parte, la realidad del aula: absentismo, dispersión, mínimo esfuerzo. Y profesores quemados.

Los alumnos saben, los pedagogos hablan. Los alumnos saben que apenas hay futuro más allá del móvil, el centro comercial y la red asistencial (la familia, qué remedio) que prolonga su juventud mientras no encuentran trabajo. Ciudadanos precarios de una sociedad que sigue abriendo la brecha entre ricos y pobres.
No es casual que el paro sea un dato estructural tan parecido al del abandono escolar. Quedan fuera de este pobretariado los colegios privados que escogen las familias que siguen creyendo en la opción de clase, al menos allí se relacionan son sus iguales de mañana. Y es que la escuela pública ni siquiera llama la atención de los grandes inversores que quieren hacerse con la sanidad pública.

Una escuela pública que no es competitiva: los médicos de la pública han tenido que superar una serie de filtros que no se nos aplica a los profesores. Para estudiar Magisterio la nota de corte es ínfima. ¿Finlandia, la solución? Allí los profesores son escogidos entre los mejores de los mejores. Pero no basta. El discurso que no se renueva se pudre, decía Roland Barthes. Y en la escuela no hay control de calidad alguno. En 35 años de profesión nunca ha entrado un inspector o un padre en mi aula. Solución: aulas abiertas, liberadas del oscurantimso que la iglesia ha practicado durante siglos y que la tecnología y el consumismo hiperindividualista han arrasado. Pero la Administración prefiere encerrarse en un despacho y parir una nueva ley antes que entrar en el aula.

Artículo publicado en el nº 15 de la revista ENKI (Página en Facebook)

deja tu comentario

Comentario