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La escuela burbuja (1): los profes

A la escuela (utilizo el término como equivalente de otros que igualmente se refieren al sistema escolar en su conjunto) le pasa lo que a la iglesia católica: cada vez está más desconectada de la realidad y más vaciada de autoridad real, por mucho que una y otra mantengan parte de su protagonismo social.

La escuela vive en una campana de cristal, encerrada, blindada (síntoma de su debilidad), aunque inconciente de este aislamiento, como les pasa a los niños burbuja que deben vivir en un entorno esterilizado que les proteja de cualquier ataque bacteriano.

Empiezo por nosotros, los profes burbuja.
1. A los profesores nos pasa como a muchos políticos (otra profesión en decadencia irreversible): nos refugiamos en la escuela escapando de un mundo laboral que se nos hace demasiado competitivo. No se hacen profesores los mejores (como dicen que pasa en el sistema finlandés, que aplica un durísimo criterio de selección) sino aquellos que no se deciden a luchar por un empleo. Hablo especialmente de secundaria, pero también se da en universidad y, menos, en primaria: una decisión en la que a veces pesa demasiado la perspectiva de un calendario (aparentemente) privilegiado.
2. No hay contacto con el mundo real a lo largo de la vida del docente. Pasamos de ser alumno a profesor casi sin solución de continuidad ni periodos obligatorios de reciclaje que nos obligue a trabajar en empresas (librerías, bancos, oficinas, despachos, centros comerciales, restaurantes…)
3. Los profesores provenimos de un sector estudiantil no especialmente valorado: el de los empollones. Destacábamos como estudiantes, pero raramente conectábamos con el resto de los compañeros y menos asumíamos de forma natural el rol de líderes que después no somos capaces de desempeñar en el aula frente a nuestros alumnos. Los profesores acomplejados eran alumnos acomplejados, y esta realidad explica buena parte del fracaso de algunos profesores.
4. Raramente el profesor es confrontado. Su espacio de trabajo queda encerrado entre paredes tras la puerta del aula sin que sus compañeros puedan observarlo. Tampoco los padres, ni directores ni inspectores, ven y analizan su desempeño de manera habitual, que se desarrolla de forma individual y aislada. Un privilegio (no hay control ni seguimiento externos) pero también un peligro: tal bindaje fomenta el abandono y la arbitrariedad.

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