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La escuela burbuja (3): qué bonito es el mundo

La revolución francesa guillotinó el absolutismo monárquico al grito de “Liberté, egalité, fraternité”. Trinidad de nuestra democracia liberal, que sin embargo es papel mojado en la calle. Sin embargo, aquella causa burguesa que reclamaba los privilegios económicos y legales retenidos por la aristocracia se nos sigue vendiendo como una rebelión del pueblo. De la revuelta de clase que fue la revolución francesa (y la inglesa y las demás de la época) no queda más asomo de igualdad que la contundencia mágica de las tres palabras. Por favor, música de La Marselleise de fondo.

Los políticos han actuado (no se descarta la buena fe) como bufones de un sistema capitalista que se ha dedicado a acumular dinero a base de explotar esclavos y después trabajadores, mientras en los discursos de gobernantes, partidos y medios se ha mantenido vivo el engaño de la democracia, convertida en señuelo y coartada, pura retórica.

Desde esta superestructura ideológica, el concepto de un mundo mítico justo y solidario (tanto como la Navidad o los Reyes Magos) se ha inoculado en la escuela. Con la impagable colaboración de pedagogos y demás teóricos, el sistema escolar se ha convertido en la cárcel de oro de este imaginario.
Mientras en la empresa hay control, competitividad, riesgo, explotación, pragmatismo… en la escuela hay colaboración, derechos humanos, respeto, oportunidades infinitas de recuperación.

La escuela es el depósito de la mala conciencia de unos políticos que delegan en profesores un trabajo postergado (cuando los niños lleguen al mercado de trabajo ya habrá otros ministros y consejeros)
Así la escuela carga con la misión imposible de cambiar la realidad. Tan heroica y sacrificada que se le permite fracasar. Eso sí, un fracaso cargado de orientaciones, tests, contratos de buena voluntad, asambleas y consejos escolares que reproducen lo peor de los parlamentos: su inutilidad práctica disfrazada de incontinencia verbal, de burocratismo.

No me toquen la escuela. No queremos saber qué pasa en las aulas como los niños pequeños no quieren saber quién es el ratoncito Pérez ni los mayores quieren saber cuántos miles de personas mueren de hambre cada día. Al contrario, démosle más misiones evangélicas (educación vial, prevención sexual, ecología y sostenibilidad, lucha contra la violencia de género…) que tranquilicen a una sociedad violenta y estresada, egoísta y cobarde.

Es por eso que el sistema escolar no mira hacia el futuro como debería por simple ley natural (forma a los hombres y mujeres de mañana) sino hacia el pasado. Flota en un ámbito desgajado de la realidad como guardián artificial de valores, aquellos que la revolución burguesa quiso hacer pasar como universales hace más de dos siglos.

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