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La famiglia y los hermanos de Jesús

Hay varios pasajes de los evangelios (hasta siete) donde aparecen los hermanos de Jesús, pero los doctores de la iglesia se han encargado de derivar esta referencia a una cuestión técnica donde solo pueden opinar los expertos. Los suyos. Y dicen que en realidad el término hermanos es genérico, que se usaba entonces para referirse a primos, cuñados y todo el que tuviese alguna relación de parentesco. Algo así como los tío o tía actuales, una forma coloquial que no indica relación de consanguinidad ninguna. En fin, que a la Iglesia le ha interesado blindar la existencia exclusiva de Jesús para reforzar el peregrino dogma de la virginidad de María (el Espíritu Santo solo intervino una vez) y de paso subrayar un perfil privilegiado de hijo único. El hijo de Dios no puede tener hermanos.
En otros pasajes de los evangelios Jesús hace referencia a la familia, rebajándola a una contingencia social o biológica: sus hermanos de verdad son los que le siguen, los que comparten su vivencia trascendente. Hay dos familias: la terrenal y la celestial, y Jesús antepone la segunda a la primera (Mateo, 8, 19-21).

Su reino no era de este mundo y por esto murió abandonado, aunque no necesariamente crucificado. La gente sin embargo entiende y practica los lazos familiares más comunes, y todavía hoy el hiperindividualimo postmoderno es compatible con la estructura familiar, vivida como refugio y referencia de estabilidad o permanencia. Las distintas formas de familia no nuclear mantienen el latido atávico de la matriz acogedora. Queda aparentemente poco o nada de la familia patriarcal que era a un tiempo tribu o clan y empresa, organizada jerárquicamente y con roles bien definidos, pero su carácter endogámico sigue latente, vivo.

Las relaciones familiares hoy están afectadas de la ambigüedad que nos empapa. Todo es relativo. O todo es subjetivo. Todo depende de. O todo es mudable, efímero como las noticias y la moda. Todo es líquido. Y en este impasse entre una sociedad autoritaria y centralizada en torno al Estado-Nación y otra globalizada y en red que todavía no se ha definido del todo. Un tiempo de transición, en el que también navega la familia. Sigue vigente el modelo mafioso de la familia como un clan con la figura de la madre dando cohesión cotidiana y lubricando los lazos con afecto. Pero no es el único ni seguramente el dominante en el día a día. Es un modelo que funciona en el imaginario y de vez en cuando se rescata (fiestas, reuniones puntuales) pero es compatible con la voracidad de la exigencia laboral, cada vez más centrífuga: deslocalización, contratos de ida y vuelta. La familia como un seguro, aquel puerto donde recalan los navegantes en momentos puntuales de tormenta. Los padres siempre están ahí, siempre tendrían que estar ahí garantizando la continuidad golpeada por la vida postmoderna. Otra cosa es que estén: cada vez hay más padres flotando y a la deriva.

Cuentan que un día mientras José paseaba por el campo vio pasar una paloma volando y le descargó tal escopetazo que la frió. “Hay cosas que nunca se olvidan” le confesó al amigo que le acompañaba en el paseo. De la historia de Jesús tal como se ha ido mixtificando con los siglos, su padre es el gran damnificado. Además de quedar relegado a un triste papel (ni es el padre biológico ni el espiritual), apenas se le menciona. Es borrado casi con la misma decisión que los hermanos de Jesús, y esta recreación se convierte en modelo que conecta con las vivencias de la gente durante siglos. La sociedad patriarcal estaba basada en una disfunción: el padre, por mucho protagonismo oficial y visibilidad escénica que asumiese, quedaba relegado de la gestión doméstica. Jesús en compañía de su madre, como todos los hijos hasta hace nada. El padre ausente.

Los intelectuales y publicistas de la Iglesia se han ocupado de construir un retrato familiar de Jesús ecléctico que respetase su divinidad inaccesible (los cuarenta días de retiro espiritual en el desierto) al tiempo que lo humanizaban acercándolo a su madre en distintas escenas como en las bodas de Caná. A cambio de eliminar al padre y los hermanos. La famiglia incompleta, castrada. De esta operación casi psicótica (Lacan anclaba la psicosis a la forclusión del padre) procedemos casi todos.

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