en tiempospos(t)modernos

La resurrección de los muertos

Basta ver las rebajas y las playas para comprobar que la Iglesia no se equivocaba cuando prometía la vida eterna en plenitud de condiciones físicas: la posibilidad de durar para siempre dentro de este cuerpo que nos dieron nuestros padres ha funcionado durante siglos como un imaginario imbatible.
Pero la oferta católica adolece de varios defectos, de ahí que la sociedad descreída de hoy le haya ganado la partida a la hora de vender el producto.

Ahora ya no importa esperar al más allá porque durante un día podemos resucitar un montón de veces. Desterrados los pecados, todo depende de nuestro bolsillo y nuestro aguante. Del sexo a un redbull o el gimnasio, las oportunidades para relanzar nuestro cuerpo decaído son de lo más diverso. Antioxidantes y retardadores del envejecimiento, las cremas antiarrugas, los alimentos energéticos, la liposucción y mil formas más de que la química o la farmacia nos prolongue la esperanza de vida, o en todo caso su sucedáneo que es la piel. Y si lo tuyo no son los tratamientos ni las dietas, ve directamente a comprar. O cuando menos a mirar, otro sucedáneo, para renovar tu ilusión de vivir.

Al final, la promesa católica ad futurum queda en clara desventaja ante la oferta actual, diversa e inmediata.
Recuerdo las dudas que despertaba en mi imaginación infantil la resurrección de los muertos: ¿en qué etapa de la vida nos quedaremos fijados para siempre?, ¿y un niño que muere a los dos años?, ¿arrastraremos definitivamente los granos de la cara?, ¿qué pasa con los bizcos y las muy gordas?
Demasiadas preguntas. Hoy, por contra, nos sobran las respuestas.

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