en tiempospos(t)modernos

La tercera medicina

Cuando era joven intuía que mis síntomas no encontraban acomodo en la medicina oficial, en aquel tiempo la única. Empecé a leer sobre naturopatía y vegetarianismo (al menos había libros e incluso alguna revista como Intregral), practiqué un poco de yoga, acudí a un médico joven que se iniciaba en la homeopatía. Estuve una temporada poniendo en práctica dietas peligrosas (“vas a enfermar, te faltan proteínas”) y años después una depresión me llevó al psicoanálisis.
Hoy nada de esto suena raro ni te etiqueta como loco, ventajas de vivir en una época postmoderna y ecléctica que seduce en vez de prohibir. Conviven el fast food, las grasas saturadas y los azúcares con las dietas milagro. La campaña masiva contra el tabaquismo (gracias, EEUU; pero ¿cuándo la campaña contra el alcohol?) ha popularizado la idea de los hábitos sanos como forma de medicina preventiva.

La medicina oficial, con todo, es fabulosa. ¿Cómo no admirar los éxitos en cirugía de todo tipo y en la disminución del dolor físico? Por no hablar de la erradicación de epidemias o la facilidad con que los antibióticos evitan millones de muertes. Pero es invasiva y sintomática. El médico se parece demasiado al mecánico de coches que se encarga de reparar aparatos estropeados. Además tiende a convertirse en intermediario de una cadena impersonalizada respaldada por la tecnología y la farmacia. Y hay demasiado dinero moviéndose en la industria química y farmacéutica como para imaginar que la práctica médica no está condicionada por esta misma presión que llega hasta el poder político en su empeño por privatizar la medicina pública.
Esta es la primera medicina, por orden de uso. La que mayoritariamente orienta la conducta de la población, incluyendo la automedicada. Las otras dos son la alternativa y la alimentación.
Las medicinas alternativas van desde la tramposería y el superficialismo a la moda hasta la sabiduría. Al no estar estandarizada como la oficial, es un cajón de sastre en el que el usuario debe aprender a discriminar sin sustituir la medicina convencional por otra dependencia más dudosa. Homeopatía (ahora sometida a una sistemática campaña de desprestigio), meditación, todas las terapias naturistas (agua, color…) y un sinfín de métodos y escuelas, con un elemento común: tienden a ser holísticas. Y esta concepción de la persona como un todo (también la Tierra: Gaia) ha calado en el imaginario colectivo y también en la medicina oficial, cada vez menos reacia a admitir el carácter sicosomático de muchas enfermedades y patologías.
La alimentación es considerada por el doctor Jean Seignalet como la tercera medicina. “Somos lo que comemos”, una máxima que afortunadamente también se está extendiendo. El cuerpo como una responsabilidad que no tenemos por qué delegar en el mecánico de turno cada vez (demasiado a menudo) que se averíe. También en esta medicina caben muchas escuelas, en ocasiones enfrentadas y a veces extremas en sus planteamientos. Pero varias ideas básicas y comunes ya han calado en el discurso dominante de nuestra época. Por ejemplo, que comemos mucho y mal. Exceso de proteína animal, de azúcares, de grasas saturadas, de comida industrial. Y le llaman medicina a la dieta porque previene o cura enfermedades crónicas, muchas de ellas originadas en un proceso digestivo pesado y en el consumo desequilibrado: demasiados productos ácidos, pocos alcalinos.
Para no enrollarme. Estas son laas reglas básicas de Seignalet: suprimir el tabaco, ejercicio físico, evitar el estrés, tomar fermentos lácticos y suplementos (magnesio, oligoelemntos) y una dieta sin productos lácteos, refinados o conservas y con alimentos lo más crudos e integrales posible.

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