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La trampa del futuro

evolucionismo
Buena parte del cataclismo financiero que nos empobrece a marchas forzadas tiene su origen en nuestra pulsión por hipotecarnos. Esta estrategia del capitalismo que es la deudocracia: vendemos nuestro futuro a los bancos. El boom inmobiliario (en Españistán también florecieron las hipotecas basura) funciona como coartada para el imparable avance del actual neoliberalismo. El agujero negro abierto por un mercado ficticio nos sitúa como culpables (“vivíamos por encima de nuestras posibilidades”) y empuja a los gobiernos a desmontar el Estado del bienestar para poder sacar a flote los bancos sistémicos: estupenda oportunidad (ni la Thatcher ideó un plan tan sibilino) para la privatización de servicios, perdón, de su gestión.
Nos dijeron que compráramos a plazos y ahora nos dicen que nos reducirán el trabajo y el sueldo también a plazos: un poco cada año. Nos están descapitalizando pero seguimos pagando los mismos, si no superiores, intereses.

Hemos hipotecado nuestro futuro: los próximos cinco, diez, veinte años de nuestra vida son propiedad de los bancos. Hace décadas que vivíamos así pero ahora despertamos del sueño, y tendemos a pensar que este es un mal de nuestra época, una perversión del sistema capitalista en su por ahora última encarnación.
Pero si uno echa la vista atrás descubre que el invento no es nuevo. Mefistófeles tentaba a la humanidad mucho antes de que Goethe escribiese la historia de Fausto. ¿Acaso no consiguió Moisés liderar a su pueblo a base de una utopía? La tierra prometida, esta promesa de un más allá que se convierte en motor, ilusión, fe. Mañana como redención del hoy.

También la iglesia católica ha gestionado durante siglos un imaginario parecido: todos los sufrimientos de esta vida tendrían recompensa en la otra. El cielo futurible a cambio de obviar un presente demasiadas veces hecho de pobreza, enfermedad y resignación. Por supuesto, con la amenaza terrorífica de un infierno eterno si no se cumplía con los diezmos, colectas, indulgencias y demás obligaciones feudales.
Hoy el castigo por no cumplir con los mandamientos no es el infierno, es el desahucio. ¿Vale la pena confiar en el futuro que desde siempre nos quieren vender?

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Comentario

  1. Es una tomadura de pelo como una casa. Son los políticos y los bancos quienes han vivido por encima de nuestras posibilidades, los que nos han hipotecado con infraestructuras desmedidas, los que ahora rescatamos para que “el sistema” no se hunda (aunque se hundan montones de familias, que forman parte del sistema), los que con la excusa de que lo privado funciona mejor privatizan sanidad y educación (claro, si desplazas a lo público los enfermos menos rentables y los estudiantes problemáticos…entonces lo privado es más eficiente) . Y nuestro rey comienza su discurso (lo apagué después de oir eso) con que “la economía no lo es todo”.
    Las empresas tienen sus contratos blindados. Son Espases se tuvo que hacer como estaba previsto porque el PP lo blindó y si no se hacía como previsto había que pagarlo igual. El Palacio de Congresos 3/4 de lo mismo, y la incineradora tiene que incinerar basuras porque si no, hay que subir las tasas, porque ellos tienen que ganar lo pactado.
    Hace falta un partido que prometa hacer las cosas de forma diferente. Ya basta de guiarse por los colores y los rostros de candidatos más o menos retocados por asesores de imagen. Hace falta ideología, análisis y pedagogía para establecer la hoja de ruta que nos haga salir de este cenagal en que estamos enfangados.

    • La iglesia nos tomó el pelo y ahora lo hacen los mercados que hablan mediante los políticos. Igual nos toca aprender a vivir el presente sin aceptar ofertas ajenas de un futuro mejor. A pesar de esto, feliz 2013, compañero