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La vida de Adèle, microfísica del poder sexual

No me ha interesado especialmente la historia lésbica ni el realismo de las relaciones sexuales. Un amor hetero podría tener parecidos componentes: dependencia, obsesión, atracción fatal.
Me ha interesado la relación de poder que se establece entre Adèle y Emma porque la relación afectivosexual es expresión de la anterior. Adèle es una chica simple, biológica y culturalmente: le gusta comer, duerme con fruición (cuántos planos cortos nos la muestran en primer plano durmiendo profundamente) y no quiere ser más que una maestra de infantil. No aspira a más. Su vida es amar a Emma. Tan simple e intenso este amor, que cuando no se siente suficientemente atendida busca consuelo en otro.
Pero Emma es superior. En su casa comen ostras (en la de Adèle solo espagueti con salsa boloñesa) y hablan de arte. Emma es Pigmalión y Adèle se convierte en la cenicienta. Sumisa, atenta, servicial. Relación de poder como pasa en tantas otras parejas donde la división de roles y estatus son aceptados por las dos partes e incluso vividos con satisfacción.
Adele
Hasta que se cruza el deseo, una pulsión que va más allá de sexo. No solo intercambio de placer, no solo desahogo biológico, no solo expresión corporal de cariño. Mucho más: desmayo, adicción, química, magia.
El orgullo de Emma (ningún superior admite la deslealtad, ningún superior perdona) rompe la relación, pero el enganche sexual pervive, por eso el reencuentro años después es desconsolador. La adicción continua viva después de tanto tiempo de abstinencia: el drama del drogadicto.

La escena que más me ha gustado: el final.
Lo que menos me ha gustado: algunas secuencias demasiado largas, de un exhaustivismo que recuerda la estética del cinema verité o las películas del movimiento Dogma

La vida de Adèle (2013; 3 horas de duración): ficha en FilmAffinity

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