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Las clases son taaaaaaaaaaaan aburridas

Cuando a los profes nos toca asistir a algún curso solemos protestar de lo aburridos, inútiles y mal impartidos que resultan. Amén de lo mal que solemos comportarnos: hablamos entre nosostros cuando no toca, nos despistamos, etc.
En realidad, la clase magistral (única referencia universal para todo docente; todo lo demás son experimentos puntuales) difícilmente funciona. Desde el punto de vista comunicativo es un disparate: ¿cómo se puede aspirar a captar la atención de 20 o 30 alumnos (cada uno de ellos con sus propios intereses y carencias, nunca tenidos en cuenta) a lo largo de una hora que precede a otra hora de más de lo mismo y así sucesivamente día tras día?
La clase magistral solo se sostiene (y además mal: los conflictos disciplinarios son la consecuencia inmediata) sobre un sistema burocrático asumido por la llamada comunidad escolar como el único posible. Así se explica el “éxito” de dos tipos de profesores: los excéntricos (por el aliciente de lo bizarro) y los carismáticos (por aquello de que la mayoría de personas, y los alumnos lo son, aspiramos a encontrar un papá o una mamá míticos que nos ilumine).

Ahora llega el aula digital, la escuela 2.0. Proyectores, pizarras interactivas, netbooks, Internet.
Y se abre la posibilidad de que las clases sean al fin atractivas (que no divertidas, algo que el sistema escolar rechaza de plano: una clase o actividad divertida siempre es sospechosa)
La tecnología al rescate de la motivación del alumno, perdida en la noche de los tiempos. Los ordenadores, YouTube, los vídeojuegos, la solución del siglo XXI al aburrimiento en las aulas.

Pero resulta que los profesores son legos en la materia, ¿cuándo se ha visto que un maestro deba aprender? Vacilantes, limitados, pero con el complejo de superioridad (deformación profesional que les obliga a ejercer el rol de sabios y expertos) intacto. O multiplicado, como consecuencia de un mecanismo de defensa ante las nuevas (sic) tecnologías. El enchufe no funciona, el botón ha desaparecido, la pantalla se llena de enemigos.
¿Cuántos profesores podemos sorprender a nuestros alumnos digitales con habilidades que desconocen? ¿Cuántos seríamos capaces de montar una clase como esta?:

Mejor: ¿cuántos miramos con simpatía esta broma académica sin pensar que el profesor que la desarrolla es un payaso?

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