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Madres fálicas

El falo no es el pene. Es un constructo del discurso psicoanalítico, presente en la obra de Freud y referencia fundamental en la de Lacan. El falo, en dialecto lacaniano, es el significante de la falta, esta falta constitutiva de la naturaleza psíquica, del sujeto del deseo.
El falo es la expresión imaginaria primero y finalmente simbólica de aquello que nos falta y moviliza nuestro deseo. ¿Quién tiene el falo? Nadie. Pero el niño pequeño cree que él mismo puede ser el falo, el objeto del deseo de la madre que colme todas sus necesidades. Hasta que descubre la intromisión del padre (no necesariamente el padre físico sino una función que cumple su cometido en la construcción del aparato psíquico, al apartar al niño de la madre, romper este idilio autárquico que los une como pareja). El padre castrador que proyecta al niño hacia el mundo exterior.
Esta es la secuencia básica, la caricatura. Niño (o niña, no hay distinción de género en esta historia) pegado a mamá (o cualquier otra entidad que asuma esta función nutriente de la primera infancia) cree que es el falo de ella hasta que se impone en el padre y reclama su espacio. ¿El padre tiene el falo que satisfará el deseo de la madre?

Hay madres fálicas. Esas que prolongan su presencia más allá de los primeros años y se empeñan en formar parte de la vida del (de la) adolescente, del adulto, de la adulta. Esas que siguen mirando y hablando por nosotros cuando ella ya ha muerto. Que han trabajo por ocupar el deseo del hijo (de la hija) por mucho que este (esta) conozca nuevas personas, haga amigos, se enamore.

Te enamoras de la madre que está en la mujer (o el hombre) que te atrae. Te peleas con la madre que habita en la mente de la persona que has escogido para saldar tus frustraciones. Te entregas a la madre que forma parte de la pareja a la que quieres colmar de felicidad.

Si el adulto sigue buscando alguien de quien ser falo, objeto único y absoluto de deseo, es que el padre (físico o simbólico) no hizo bien su trabajo. No se atrevió a mostrarle la verdad al niño. No supo o simplemente la madre no lo permitió, porque la madre fálica aspira a estar ahí, siempre.
Y así el niño, la niña, se queda sin poder completar el Edipo.
Por eso de mayor busca, encuentra, pierde y vuelve a buscar a la madre fálica. Su abrigo, su mentira.
¿Cómo contarle a este adulto que en realidad no existe relación sexual porque nadie puede dar lo que no tiene?

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