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No hay Homeland sin Saúl

Saul Berenson Homeland
Homeland trata de la dualidad. Carrie es bipolar y Brody un marine musulmán. Desgarro interior o confusión, todos los personajes están sometidos al polígrafo de la vida. Desbordados por los caprichos del destino, vigilados por alguna instancia que desencadena revelaciones sin fin: búsqueda inacabable de la verdad.
Homeland trata del Otro que nos confronta y rompe blindajes: ni siquiera el normalísimo y buenísimo Mike puede proteger a Jessie del desmoronamiento familiar. No hay seguridad: los otros saben (o no) quién soy. Tráfico de datos multiplicado en el juego de espejos que es el contraespionaje: no hay certezas.

Homeland está basada en una serie israelí, y Saúl Berenson es judío. Un judío nada halcón sino paloma. Sin él no hay serie porque es el único personaje que se mantiene centrado a lo largo de la hecatombe. El punto medio entre la empatía irracional de Carrie y la ausencia de empatía de Walden, de Estes, del mismo Brody.
Saúl es el sentido común, la compasión, la cara amable de una CIA que se salva en la serie gracias a su fortaleza y su honestidad.

Homeland va de buenos y malos, unos y otros arrasados por la fuerza de las circunstancias. Saúl se salva de la marea. Es el técnico desapasionado, el humanista dialogante (conmovedora su relación con la terrorista Aileen) y reflexivo. Sabe árabe, y su condición cosmopolita (la esposa está en la India) lo convierte en portavoz de este thriller israelita que apuesta por una solución civilizada (sic) al conflicto.
Si la administración norteamericana es culpable de matanzas a civiles (Walden o David Estes, además mentirosos), la respuesta de Abu Nazir queda justificada. Terrorismo contra terrorismo, escalada de violencia que solo puede romperse con la mediación. De Saúl, un judío norteamericano.

Por cierto, el actor Mandy Patinkin es judío. Muchos lo recordamos en su encarnación de espadachín en La princesa prometida: “Hoya, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir”

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