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Por qué (no) me gusta la música clásica

violin
Un curso de 2º de ESO al que doy clases está plagado de ex estudiantes de música, estudiantes de música a punto de dejarlo y estudiantes de música que han decidido dejarlo este año. ¿Motivos? El estrés, la cantidad de tiempo que les absorbe…
Varios estudiaban piano, una violonchelo, otro saxo, otra flauta. Llevan cuatro, cinco o seis años y sienten que se acaba un ciclo. Adiós al conservatorio, a la música. Una liberación.

Sin embargo, creo que las causas de tal abandono pueden ser otras.
Primero, el cambio de edad: los 12-13 años supone el ingreso en la adolescencia, con todo lo que implica de renuncia a la disciplina en general y a la autoridad familiar en particular. Quieren tener su horario disponible para encontrarse con los amigos, salir, hablar. Y como obligación la escuela les sobra.
Segundo, porque la música se enseña mal. Armonía, solfeo, teoría: una preparación exhaustiva propia de un especialista. Rigor, exigencia. El discurso pedagógico musical es autoritario (también lo es el deportivo) sin ofrecer a cambio una actividad práctica gratificante como puedan ser los partidos o las competiciones deportivas. El estudio de la música se hace tedioso y tiene poco que ver con la pulsión vital de la adolescencia y menos con la cultura dominante dispersa, social, superficial y cambiante.
Dicen que en otros países (EEUU como referencia) la experiencia es distinta: practicar música en el instituto o en una academia se parece más a practicar un deporte: activa y estimulante.

Descubrí la música clásica cuando ya tenía 18 años. Escuché tocar a Pau Casals en la radio y supuso una revelación. Quiero tocar chelo, me dije. Pero entonces (hablo de 40 años atrás) nadie sabía dónde encontrar un chelo. Las dos tiendas de música de la ciudad me acabaron de disuadir: solo pudieron recomendarme rebuscar en el desván de algún familiar, a ver si tenía suerte y encontraba alguno olvidado. Los chelos ya no se fabrican, es un instrumento antiguo que ha desaparecido, me aseguraron.
Bien. Al año siguiente, estudiando en Barcelona, me animé y compré un violín barato, y después un método de quinta mano en una librería de viejo. No sabía cómo se afinaba ni cómo se tocaba. Intenté trasladar lo poco que conocía de guitarra y al tensar las cuerdas el puente resbaló. Pensé que se había estropeado y acudí a la tienda a reclamar.
Dos años después empecé a clase de violín. Era el único profesor y yo uno de sus pocos alumnos. Todo era mágico, marginal (de hecho él daba clases en un pisito cutre de la periferia), heroico y absurdo. Mítico: referencias a obras y maestros del siglo XIX, a intérpretes y discos que habitaban en geografías tan distantes.

Desde entonces la música clásica me ha atraído y apasionado (Bach, Brahms, Mahler, Elgar) al tiempo que me ha rechazado. O soy yo quien la rechazo. Los conciertos son celebraciones místicas a las que asisten frikis y sobre todo viejos.
Y cuando estudio no puedo dejar de imaginar que estas piezas compuestas hace 100 o 200 años eran interpretadas en salones burgueses con sofás rancios y cortinas de terciopelo poblados de niñas cursis y señores clasistas. Ambiente insano en el que sin embargo florecían estos genios que fueron Beethoven, Shubert y demás. Música cortesana o de iglesia, que nada tiene que ver conmigo, con nosotros, con la realidad cultural actual.

Algo de este ambiente decadente, mezcla de espíritu militar y sentimentalismo ñoño, debe todavía flotar en los métodos, las clases y los conservatorios de ahora, que aleja a los niños apenas llegan a la preadolescencia después de hacer dedicado cinco o seis años a una disciplina que de repente se les vuelve ajena.

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Comentario

  1. ¡Qué tiempos aquellos, Emili!. Las clases de violín eran algo “heróico y absurdo” ciertamente, pero en mi memoria también guardan un tinte mágico. Todos los que llegamos allí tuvimos un deseo de aprender, una motivación especial. Eramos unos enamorados del violín y de la música. Sin la motivación interior, son inútiles todos los esfuerzos. Después de probar con el piano, la guitarra y la guitarra eléctrica a base de profesores…mi hijo ha descubierto por si mismo (con 20 años) la harmónica y la practica con tesón. Sorpresas te da la vida.