en tiempospos(t)modernos

Porno para sordos

Deaf Bunny
El capital no conoce fronteras, siempre está dispuesto a abrir nuevos mercados, captar más consumidores. Metamorfosearse para reactivar las ganancias.
En este sentido, se parece a la sexualidad: ambos son lábiles y obstinados. ¿Recuerdan ustedes cuando nos advertían contra los peligros del sexo? Con discursos y con el argumento más persuasivo: la represión, la vigilancia policial, la prohibición. Esto sucedía en los tiempos de un franquismo ajeno a las presiones del capital globalizado que hoy nos zarandea.

Del sexo pecaminoso investido de todo tipo de peligros hemos pasado a la felicidad por el sexo. Alargue su pene, explore su punto G, condones de colores y sabores: el sexo, fuente de salud y jovialidad, medicina apta para todas las edades y condición. Lo cura todo: la depresión, la ansiedad, el aburrimiento, el reúma, la irritabilidad, el cáncer, el desempleo. Es más: si no follas, eres sospechoso. Casi tanto como si no tienes tele en casa o llevas tres años sin viajar.

El negocio del sexo. La penúltima inversión consiste en películas porno para sordomudos. Una iniciativa políticamente correcta, no en vano la empresa estadounidense Deaf Bunny emplea para rodar sus películas actores y actrices sordomudos.
Al material filmado, con diálogos en lenguaje de signos, le superpone bocadillos como en los cómics para así compensar la falta del sonido primigenio. Sólo el capital es capaz de colonizar el silencio clamoroso que supone la ausencia de jadeos, con la eficacia y velocidad que caracteriza a los pícaros.
También en el sexo, todos somos un poco más iguales.

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