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Que vienen los chinos

Barack Obama, Hu Jintao
Norman Jewison hizo famosa la frase al incorporarla al imaginario cinematográfico, aunque su película (1966) se quedaba corta frente a la histeria colectiva que compartía el mundo occidental. Que vienen los rusos. Nadie podía imaginar, ni siquiera los fundamentalistas norteamericanos que fomentaban el terror, que el imperio soviético se desharía como un azucarillo dos décadas después. Se temía a los rusos como ahora nos burlamos de los chinos. Nuestra relación con la segunda potencia económica del mundo se parece más a la película de Billy Wilder Uno, dos tres (1961) que contaba las peripecias de un empresario de la Coca-Cola empeñado en introducir la bebida en el mercado ruso. Autosuficiencia patética que conduce al ridículo.
Es cierto que las autoridades chinas son recibidas como mesías en sus visitas oficiales a los llamados países desarrollados (véase la obsequiosidad demostrada recientemente por Obama o Zapatero), pero seguimos sin creernos que China dominará el mundo en 2020 como pronostican los expertos. Nos gusta más manejar el tópico de Fumanchú que la realidad de una economía que sigue creciendo un 10% anual mientras Europa y EEUU se mueven entre el paro y la recesión.
Los chinos no asustan como nos pasaba con los rusos porque no son enemigos sino salvadores: ¿quién sino compra nuestra deuda y comprará los productos que salen de nuestras fábricas? La invasión china no es militar ni política ni cultural. Es peor: estudian y trabajan mucho más que nosotros.

Artículo publicado en Ultima Hora (09-02-11)

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