en más o menos

Queridos enemigos

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La vida es una sucesión de errores. También de aciertos, pero estos nos resultan más fáciles de identificar y convivimos con ellos bastante bien. El problema lo tenemos con las meteduras de pata, que (cuando finalmente las reconocemos aunque sea en voz baja) siempre atribuimos a los demás. O a la mala suerte, si no a algún tipo de boicot en contra nuestro.
Nadie nos enseña a admitir las equivocaciones y a conocernos mejor al analizarlas. Al contrario, nos empujan a negarlas, a esconderlas, o como mucho a rectificarlas precipitadamente como estrategia de supervivencia.
Tiene que ver con un modelo de vida orientado a la felicidad y el éxito, alérgico al fracaso. Un modelo que a poco que nos paremos a pensar resulta de lo más irreal.

Lo mismo pasa con los enemigos: no nos enseñan a convivir con ellos, como si la vida fuese un desfile plagado de admiradores que nunca se cansarán de jalear nuestras virtudes. Sin embargo, lo normal es equivocarse de vez en cuando y sumar enemigos de distinta calidad e intensidad.
Al fin y al cabo, todos somos egoístas, y los malos rollos son choques inevitables de intereses no coincidentes.

Ni siquiera el deporte, la única mitología respetada hoy en día, nos provee de ejemplos que nos sirvan de guía y ejemplo. Ahí están el beato Pep y el zorro Mou, rajando contra los árbitros cuando se les tuercen las cosas y repartiendo generosidad cuando sus equipos golean. Y si los ídolos pierden tan mal, ¿qué nos queda a los humanos? Lo dicho: despotricar de los demás cuando los problemas nos desbordan.

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