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Sinestesia publicitaria: carteles que huelen, cabinas que emiten vídeo, contenedores con pantallas LCD

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El arte siempre quiso imitar, recrear, sustituir la vida con una intención trascendente o estética. Después vino la tecnología, que aspira a objetivos semejantes aunque con una intención pragmática. Y finalmente, la publicidad, que combina arte y tecnología al servicio del mercado. Nunca había sido tan potente el mercado como ahora, de ahí que nunca la publicidad ha sido tan creativa.
Me acuerdo de un relato de Clarín, el autor de La Regenta: un autor teatral naturalista había decidido subir al escenario montones de basura y estiércol para producir en el espectador una sensación apabullante de realidad. Wagner, coétaneo del asturiano, parió la obra de arte total: la ópera debía ser una síntesis de literatura, plástica y música. No llegó a conocer el cine, que ha pasado del blanco y negro al color y el 3D. Y los vídeojuegos y la realidad virtual. Sumergirnos en una dimensión artificial hasta hacernos olvidar la real.
La última publicidad también va tras este santo grial. He aquí algunos ejemplos, de entre los muchos experimentos en marcha, en ocasiones con los JJOO de Londres como estímulo.

1. McCain lanza una parada de bus con olor a patatas asadas en Londres: basta apretar un botón en la patata del cartel para que se emita un tentador olor a patatas recién fritas
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2. Titan desarrolla cabinas telefónicas con publicidad dinámica en Trafalgar Square, Nueva York. Tres quioscos ya cuentan con paneles digitales que ofrecen vídeo HD y anuncios que rotan cada siete segundos con contenidos de 10 anunciantes.

3. Contenedores de basura equipados con pantallas LCD y Wi-Fi gratis, en Londres, para promocionar las marcas participantes en los JJOO
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Bonus: La historia del cine contada en botellas de Coca Cola

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Comentario

  1. Recuerdo cuando hace unos 20 años llenaron la ciudad de Madrid de elementos urbanos cuya única función era la publicidad. Cilindros, postes… la ciudad se llenó de publicidad (con sus ingresos extra). Yo noté un aumento de los estímulos que me proporcionaba el vivir en ciudad (que no son pocos). Si ahora le añaden vídeos y olores, ya ni te cuento. Cierto es que nuestra mente anda siempre hambrienta de estímulo, pero un exceso creo que puede ser perjudicial.