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Super 8: Spielberg disfrazado de Abrams

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No me extenderé sobre los muchos recursos y trucos (cero spoilers en este post) desplegados por esta pareja de presuntos genios. Digamos que la película es entretenida, tiene momentos impactantes (¿cómo si no?) y se apoya en un buen ritmo.
Pero el hecho de que decaiga (en fuerza, en coherencia, en verosimilitud, en intensidad) a medida que nos acercamos al final, cuando justamente tendría que ser a la inversa, nos dice mucho de las fallas estructurales de una película que puede verse como un retazo de tópicos ensamblados a presión: todo nos resulta familiar, pero un análisis superficial registra demasiados encajes forzados. Es cierto que en el fragor de los efectos especiales y la acumulación de situaciones tensas nos pueden pasar desapercibidos, pero una revisión a posteriori (¿o está prohibido en el actual cine de usar y tirar?) saltan a la vista.
Spielberg asoma en su culto a la adolescencia y los tiempos míticos pero su universo se hunde bajo la parafernalia de este mago del espectáculo llamado J.J. Abrams

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