Los hombres que no amaban a sus hijas

Los padres son responsables de casi todos los sufrimientos y defectos de sus hijos. En la mayoría de casos, causantes inconscientes y bienintencionados: somos padres autodidactas y encima repetimos los errores heredados. Ni mis padres se salvaron cuando me criaron ni yo me he salvado con mis hijos: limitaciones del ser humano.
Entre las malas prácticas que siguen vigentes le doy vueltas a estas dos: [+]

No al aborto

Antifeminismo
Soy antiabortista. Estoy en contra del aborto, como la gran mayoría de personas que conozco. No creo que las mujeres que abortan lo hagan por algún tipo de militancia o convencimiento ideológico o por simple frivolidad, sino más bien por necesidad.
Pero algunos colectivos no aceptan que la necesidad (económica, social o pura supervivencia física de la mujer embarazada) justifique la legalización del aborto. Entre estos colectivos destacan el masculino (estos maridos, novios, padres y opinadores que insisten en que el hijo no es propiedad de la madre) y el eclesiástico (estos curas y obispos que se oponen incluso a cualquier sistema anticonceptivo)
No veo motivo para la polémica o el enfrentamiento. Se me ocurren dos simples propuestas. [ + ]

Roncar

Si no fuese por el empeño de sionistas e historiadores, hoy los muchos neonazis que pueblan Europa podrían machacar con sus botas ensangrentadas a cualquier sudaca o subsahariano que se cruzase por su camino, sin que saltasen las alarmas: simplemente el Holocausto no habría existido. A ver quién me explica pues las ventajas de borrar la historia o de equipararla a un hobby de coleccionistas que no exige ningún tipo de posicionamiento: pasó, y a otra cosa mariposa. Qué hay de malo entonces en devolver su honor a los muertos proscritos durante más de cuarenta años o en condenar formalmente el golpe de Estado y la Dictadura que construyó por ejemplo todo un panteón en un valle contra determinados caídos.

Es cierto que durante aquellas décadas mucha gente vivió tranquila e incluso feliz, como tantos alemanes en tiempos de Hitler. Por ejemplo, bastantes hombres se lo pasaban seguramente de lo mejor mientras sus esposas se inventaban formas de atrincherarse contra los ronquidos. Entonces todos éramos católicos y heterosexuales, y no había camas separadas. Estaría bien conocer cuántas mujeres tuvieron que padecer el impuesto nocturno de los ronquidos conyugales sin derecho al descanso ni al pataleo.

Esta es la diferencia entre aquello y lo que tenemos hoy. No somos más felices ahora pero antes ni siquiera se podía elegir: sólo existía la ignorancia. Tal vez los profetas de la amnesia añoran este estado general de simplicidad, que permite roncar a pierna suelta sobre un cuerpo desvelado. La felicidad sólo existe en la industria del cine y la canción, pero la dignidad tiene nombre, apellidos y cuerpo.