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The Newsroom, el periodismo perdido

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Declaración de principios: la carátula de la serie en melancólico blanco y negro mostrando las grandes figuras del periodismo norteamericano (Cronkite, Murrow…) cuando la televisión era un púlpito que educaba a las masas.
O quizás no fue así, y este pasado nunca existió. Solo que éramos más jóvenes y el mundo era más fácil de entender, de explicar. Entonces había buenos (los norteamericanos y tal vez sus aliados) y malos (los rusos y comunistas del mundo entero) y nadie imaginaba que pudiese existir Internet.

En fin, que la serie no va de la honestidad profesional (y por tanto personal) sino de la crisis del periodismo, crisis de un modelo económico que aquí pretende ingenuamente conjurarse (Leona y su hijo, los malos malísimos), crisis de un modelo cultural (reivindicado en torno a la figura de un líder carismático como Will McAvoy)
Aaron Sorkin (El ala Oeste de la Casa Blanca) homenajea a los periodistas íntegros, pero esta cadena ACN que combate amarillismos informativos, intolerancias ideológicas y corrupciones políticas no deja de ser una fábula. Aunque Sorkin sitúe sus crónicas en la más rabiosa actualidad (primavera árabe, Tea Party… cobertura casi en tiempo real) no es más que literatura. Ficción quijotesca adaptada a la idiosincrasia norteamericana.

De eso va la serie, como siempre: de los valores. Idealismo (Will McAvoy malgastando su dinero: años pagando a un psicoanalista que no visita, MacKenzie que no tiene ni idea de economía, Charlie Skinner que pasa de la audiencia) Sentimentalismo (insufrible capítulo alrededor de San Valentín) Cinismo (esta forma de hablar prepotente -brillante, ingeniosa- que comparten los protagonistas)
¿EEUU en crisis de identidad? HBO al rescate con una serie televisiva de culto que, bajo un guión crítico protagonizado por un equipo de periodistas progresistas, rescata y relanza los valores eternos desde la tradición liberal demócrata. No es casual que en el reparto figure la nieta de Robert Kennedy.

Operación quirúrgica al margen (América es el mejor país del mundo), este canto al periodismo perdido se sostiene sobre unos estupendos diálogos, mezcla de virtuosismo dialéctico y agilidad mental, y unos personajes atractivos. Por eso las escenas resultan tan buenas. Sorprendentes, emocionantes.
Más flojo me parece el argumento, las historias, esta arquitectura en decadencia en toda la literatura occidental. De esta debilidad (la misma que afecta al guión de la película La red social, escrito por Sorkin) deriva la irregularidad de la serie

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