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Vivir el presente

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Parecía un chiste, pero un año después la situación de un país en bancarrota formaba parte de nuestro escenario habitual. Cuando nos contaban que Islandia era algo así como un gigantesca empresa en quiebra y que a lo mejor algún multimillonario caprichoso se quedaba con ella, nos reíamos como si la realidad de los Estados fuese una categoría universal. Un año ha bastado para aceptar (pero sin entenderlo) que no hay más seguridad que la de hoy estar vivos.

La privatización del planeta corre paralela a la nacionalización (las Cajas como último ejemplo) de todo aquello que disgusta a los mercados, y ya nadie pone el grito en el cielo cuando su equipo de fútbol (un equivalente a la patria, pero de verdad) pasa a ser propiedad de un nuevo rico ruso, de un jeque árabe o de un empresario indio (Málaga y Racing de Santander como ejemplos últimos)
Tal volatilización de paisajes y valores nos estresa todavía más que los atascos y las prisas: la realidad siempre cambia más deprisa de lo que podemos asimilar, de ahí que el tiempo nos pase tan deprisa.

Hay personas viejas (perdón, mayores) que siguen viviendo tranquilas encerradas en su mundo de toda la vida. Las mismas costumbres, el mismo horario, las mismas caras. Y no existe para ellas nada fuera de todo esto a no ser en forma de rumor inofensivo. Para estas personas, residuos de una época no golpeada por la masificación industrial y la aceleración consumista, los días pasan lentos.
Son habitantes de otra dimensión, donde las cosas permanecen.
A nosotros nos toca correr como al sombrerero loco para que no se nos escape el presente.

Artículo publicado en Ultima Hora (01-02-11)

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